La entrada de hoy no tiene nada que ver con San Mamés, pero, de todas formas, ¡aúpa Athletic! ¡Iñaki Lehendakari!

Tras las esculturas de los verracos, seguimos con bichos pétreos. Los leones de la catedral son una serie de figuras leoniformes (hay 12 ó 14 polomenos) que se ubican alrededor de la catedral, perimetrándola por el lado de dentro de la muralla. Están encaramados en pedestales, todo ello de nuestro afamado Granito™ con denominación de origen.

Según me contaron, antiguamente marcaban el límite de la jurisdicción donde los perseguidos por la justicia podían acogerse a sagrado*. Hasta hace algunos años estaban unidos entre sí por unas cadenas, con lo que era más patente la separación iglesia-estado; pero últimamente esa separación se ha difuminado. Por eso los leones ya no muerden con fruición el último eslabón de las cadenas, quedando visibles los orificios donde se insertaban; como se puede comprobar en los morros de la fiera.

Alguno de ustedes verá esto como algo muy viejuno, de antes de internet, pero (voz de Christopher Lee) ¡que tenga cuidado quien ose molestar el eterno y sagrado descanso de los leones! ¿Os reís? Sus voy a contar su historia, en la que se explica cómo una estatua de piedra vengó una afrenta, y es cierta y verdadera y más impresionante que la leyenda «El beso», de Bécquer. De hecho, es la culpable de que los leones ya no tengan cadenas interleoniles.

Estamos en la Ávila postmedieval. Un grupo de chavaletes guiris, de visita a nuestra ciudad, se aburre de las explicaciones de su profesora. Y uno de ellos decide colgarse a hacer el mono de las cadenas de los leones. Entonces, el león aquí retratado, de nombre Simba (esto lo añadimos por mantener el pathos) decide castigar al impío extranjero, saltando desde su pedestal y cayendo sobre el infiel; el combate se salda con la aplastante victoria del felino, que además provoca varias fracturas a su agresor y la consiguiente maldición «mira que os lo tengo dicho, lamadrequeosparió, no se os pué sacar de casa» pronunciado en la extranjera lengua de la tícher.

Como consecuencia del incidente, y en previsión de ulteriores sucesos, en lugar de sujetar los leones con algún podheroso adhesivo de esos que anuncian por la tele, el ayuntamiento decidió curarse en salud y eliminar las cadenas que tan fermosas lucían en la plaza; pagando una vez más justos por pecadores. El Ávila Street Museum les homenajea como merecen, y clamamos por la restitución de las cadenas, a ser posible electrificadas.

Enlace al mapa.

(*) Esta prerrogativa eclesial comenzó siendo una especie de habeas corpus para evitar linchamientos in itinere, para terminar convirtiéndose en un recurso para eludir a la justicia by the face**. Dejó de estar vigente en estos reinos no hace tanto… Era rey un tal Juan Carlos I de España y V de Botswana, de hecho. Y hay quien afirma que realmente no está explícitamente derogada. Otras iglesias locales, como la de San Pedro, tienen leoncillos rampantes marcando el perímetro, como se vio en la foto del edificio del MaMoneo.

(**) Ejemplo: El duque de Lerma.

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