Receta de albóndigas

No hay dos sin tres, y aquí va otra entrada de Ávila Street Museum. El pétreo elemento de hoy también se encuentra a caballo entre la Calle San Segundo y el Paseo de Emilio Rodríguez Almeida, como «Las trébedes de Loki», ya descritas en la entrada 2.
Descubierta durante las obras de construcción del helipuerto hospitalario, la obra no tiene un título como tal, se trata de una inscripción en piedra, que sin duda formó parte de un conjunto. Lo verdaderamente trascendental es que se trata de la primera receta de albóndigas jamás documentada (como podéis comprobar en la línea inferior). Esto nos confirma que en la época postmedieval las albóndigas ya formaban parte de la dieta castellana, y que existía interés por fijar un cánon albondigal correcto.
El texto comienza con la plegaria latina «Favor denle like y suscríbanse». Por desgracia, el resto de losas se han perdido, y no nos permiten discernir si ya echaban ajo picao y huevo como aglutinante, o si por el contrario, se empleaban otras especias. Probablemente bajo el suelo de nuestra ciudad reposa escondido el resto de páginas de este pétreo libro, y quién sabe si también el de la receta de las croquetas.

Capuchinos

Nos vemos obligados a interrumpir la serie de obras prevista en esta sección, ya que varios de nuestros seguidores nos han trasladado su interés por esta obra recién incorporada al Ávila Street Museum. Parece ser que estas esculturas postmedievales han aparecido en las obras de escarbación de la piscina cubierta. Los expertos consultados no se ponen de acuerdo, pero con las dataciones del carbono 14 parece ganar fuerza la teoría de que forma parte de un homenaje a Los Beatles.

Las dos figuras caminantes podrían hacer referencia a la canción A Hard Day’s Night (en español, La Madrugá), y la figura solitaria representaría a Lucy, de la canción Lucy in the sky with diamonds (versionada aquí como «Al cielo con ella»). Aunque según otros expertos, podría tratarse de una obra de Yoko Ono, que se habría autorretratado vestida de samurai armada con naginata, llevando a un mini-John Lennon de la mano. La otra figura sería Paul, lo que configuraría una bella escena de kiri-sute gomen.

Como todas las rotondas de Ávila ya tienen su chimbolo*, el consistorio se ha visto obligado a colocarlas provisionalmente en un cruce triangular, el de las calles Cristo de la Luz con San Joaquín; orientadas de tal manera que te salgan en el encuadre unos contenedores de basura, sí o sí.

 

* El tema del horror vacui rotondii será oportunamente tratado en esta sección.

Trébedes de Loki

Como segundo elemento de esta serie «Ávila Street Museum» hemos querido elegir esta obra denominada «Las trébedes de Loki», quizá porque suele pasar desapercibida para los turistas, que, ávidos de chuletón, no se detienen a contemplar las pequeñas maravillas que esconde nuestra ciudad.

Todo en esta obra es misterioso. Para empezar, se ubica en el Paseo de Emilio Rodríguez Almeida, que si lo buscáis en Maps, no lo encontraréis; es como lo del andén 9 y 3/4. Tenéis que ir a la Calle de San Segundo y, una vez allí, atravesar con decisión la barrera invisible que separa la acera del jardincillo pegado a la muralla, frente a la droguería Perdiguero (donde compro el alcohol isopropílico, por cierto). Mágicamente, os encontraréis en el paseo dedicado a este insigne historiador.

La obra fue encontrada durante las obras de demolición de la Iglesia de Santo Domingo; concretamente, en la furgoneta del contratista. Se cree que es una copia postmedieval de un original griego de Praxíteles, y combina la mitología nórdica con el refranero castellano.  Por un lado, Loki es el dios de las trampas, que cambia de forma a voluntad; y por otro, sobre las trébedes existe una antigua maldición castellana : «Las vas a pasar más putas que el que se tragó las trébedes». Así pues, esta obra representaría unas extrañas trébedes; tramposas y difíciles de tragar, salvo para Loki.

 

Arranca con esta entrada una serie llamada «Ávila Street Museum», que Halón Disparado dedica a las ghrandes joyas artísticas que se encuentran dispersas por nuestra ciudad, para deleite de ciudadanos y turistas.

La figura de hoy es una bella escultura postmedieval llamada «La factura de la luz», y se ubica en la Plaza del Teniente Arévalo (o Plaza del Dioce Chico). La talla se atribuye al insigne imaginero hawaiano Herbert Maunakea (o quizá, a algún mecánico de su taller); data del siglo XVI, y muestra un anciano ensimismado que sostiene en la mano una factura, sin duda exorbitante, de su compañía eléctrica. Con la mirada perdida, el protagonista parece buscar la inspiración que le ilumine, o tal vez se está acordando de la regulación eléctrica, eso queda a la elección del espectador. Está realizada en una aleación de cobre con más cobre.

 

La factura de la luz