Retomamos puntualmente la serie de deportes desaconsejados con uno nuevo que nos ha aparecido al quitar la alfombra y mirar debajo: el topurio. Porque no sé cómo se llama lo que hace el señor ese, sé que es uno de los de pegarse (que ya hemos desaconsejado en este bló), pero con nombre raro. Lo organiza una empresa autoproclamada como organizadora, y no sería de extrañar que lo hicieran olímpico en un proceso de beatificación exprés. Y conste que si no saliere será por algún contencioso económico.

El topurio es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. No sólo tiene que ver con que, dentro de los de pegarse, este engendro es de los que prescinde de la filosofía de las artes marciales orientales (disciplina, respeto, defensa…); es que se centra en la parte macarra de fostiarse: en las presentaciones de los combates no es raro que ya hagan ese paripé de amenazarse como dos borrachos en un bar, en plan «eso no me lo dices en la calle».

Lo del topurio ya me comenzó a hacer sospechar cuando un sobrino nos mandó una foto en la que salía él con alguien que yo no conocía, me imaginé que sería algún nuevo fichaje fumbolero, pero no. Era uno que vino en un barco de nombre extranjero y que al parecer ya era algo famosete, al menos entre la mocedad consumidora de ciertas redes sociales, cuyo nombre no pronunciaré aquí. Por ello no es de extrañar que nuestros mandamases, desde IDA a Perrochánche hayan corrido a fotografiarse* con él a las primeras de cambio, que eso da clicks.

La gracia de esto es que podría pasar por una manera de renovar el boxeo, que lleva decayendo desde aquellos tiempos jloriosos que siempre cita José Luis Garci cuando presenta una película… Cambiamos las reglas (para que sea aun más bestia), ponemos un poco de la estética de los nuevos gladiadores** que entrenan para triunfar en los circos que nos montamos ahora; y que además llevan aparejada una buena dosis de «ideología de los ganadores», esa de los self made men-criptobros-vendehumos que encandilan con su coaching y sus demostraciones de riqueza neolibeggal.

Cuando tenemos a famosos deportistas diciendo que «las chicas» no deben cobrar lo mismo que ellos porque el deporte femenino lo ve menos gente, deberíamos preguntarnos qué es lo que hace que un deporte completamente desconocido hasta hace cuarto de hora, de repente ocupe portadas y salga por la tele a todas horas, a diferencia de otros campeones del mundo de cosas de pegarse que tenemos hasta en Salamanca y no conoce ni el tato.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Y a proclamarlo muy español y mucho español, creo que el mismísmio Sánchez le ha dibujao el DNI a mano en la Moncloa. Por cierto, los jóvenes no os acordaréis de un tal Juanito Mühlegg…

(**) Ahora se llaman máquina, monstruo, titán, fiera, crack, etc.

Concluye esta serie de deportes desaconsejados con el único que realmente aconsejamos, el deporte emérito por antonomasia, el que combina precisión con diversión, el que no requiere que seas citius ni altius ni fortius, el auténticamente olímpico (esto es, al que juegan Héctor, Aquiles, Agamenón y Menelao en la residencia «Monte Olimpo»): LA PETANCA.

La petanca es un deporte que, desde esta bitácora, ACONSEJAMOS. Aunque hay diversas modalidades*, consiste en que cada jugador o equipo lanza cierto número de bolas tratando de ser el que más se aproxime a una pequeñita (boliche) que se lanza antes. Es legal golpear a las bolas precedentes para tratar de recolocar a nuestro favor la estructura bolística. Un complemento ideal para la chepa es una especie de yoyó con un imán que sirve para recoger las bolas del suelo sin tener que agacharse.

Las reglas no pueden ser más sencillas. Se puede jugar casi en cualquier lugar, incluso en interiores. Se pueden usar bolas de cualquier tipo, incluso gurruñitos de papel arrugao. Con equipos mixtos o de cualquier edad. En silla de ruedas. Emitamos pues, un nihil obstat, declarando que la petanca es el deporte perfecto.

A continuación les contaré lo que para mí representa el éxtasis deportivo absoluto. Esta epifanía me sucedió en la isla de La Gomera, mientras esperaba la vuelta del ferry que me devolvería a la de Tenerife. Cerca del puerto de San Sebastián había unos jubilados jugando a una variedad hasta entonces desconocida para mí; una petanca por equipos; se enfrentaban dos equipos de varios jugadores, cada equipo tenía diez o doce bolas. Comienza uno con la primera bola (que lógicamente, en ese momento es la que está más cerca del boliche), y el siguiente equipo tiene que lanzar bolas hasta tener alguna más próxima que las del contrario; momento en el que cambia el turno; así hasta que un equipo agota sus bolas. Cuantas más bolas sin usar tenga el equipo ganador, más puntos se lleva. Creo.

Me llamó la atención que en uno de los equipos había un jugador que siempre permanecía sentado, parecía ser el mayor de ellos. Y aquí he de hacer un inciso. Como vds conocerán, los habitantes de las Islas Canarias tienen fama de tomarse la vida con más calma que el godo peninsular medio; eso lo pude comprobar cuando comenzamos a turistear por Tenerife. Sin embargo, cuando fuimos a La Gomera pude darme cuenta de que los tinerfeños son unos estresaos paranoicos al lado de los gomeros. Aquello es otro planeta.

Pues bien, estamos presenciando un partido de Jubilados Gomeros. Eso ya de por sí transmite paz y tranquilidad. Pero el jugador al que me refiero era otro nivel. Estaba sentado IRRADIANDO calma a su equipo. Si los del CERN inventasen un interferómetro capaz de detectar las ondas de placidez, este tío lo reventaría desde su isla. Asistía al juego sin participar en las chanzas y chacotas que -sin perder la compostura y la bonanza- se iban lanzando los jugadores según el lanzamiento era mejor o peor. Hasta que, cuando el equipo contrario aproximaba mucho una de sus bolas al boliche, sus compañeros se volvían y lo miraban.

Eso me impidió conocer su nombre, porque no le decían «te toca, Paco» o «sal y reviéntala, Manolo». Lo miraban. Con calma, claro. Entonces Él se levantaba del poyo, sin perder la serenidad, se dirigía a la raya de lanzamiento, y lanzaba Su Bola. Sin aspavientos, sin gesticular, sin histrionismos innecesarios. La bola siempre impactaba a la de los rivales, alejándola del boliche, y devolviendo la primacía a su equipo. Volvía parsimonioso al asiento y a la contemplación. Ni siquiera era felicitado por los compañeros, tal era la confianza que tenían en Su Sagrada Puntería. Jamás admiraré más a ningún deportista, Señor de la Petanca, Apartador de Enemigos, Rey de la Precisión, del Pulso y de las Esferas.

Por todo esto, la petanca es el deporte que les aconsejamos. Sencillo y barato a más no poder. Vayan practicando, les llegará su hora.

(*) No todas son aconsejables. En los países bárbaros han inventado modalidades relacionadas, en las que se deslizan artefactos discoidales tratando de colocarlos cerca de un objetivo-diana dibujado al final de la pista. La más famosa de ellas**, el curling, proporciona la ridícula estampa de los barredores compulsivos que recorren la pista delante del deslizador. Supongo que completan el cuadro los guiris borrachuzos y ludópatas (valga el pleonasmo) que lo están viendo, tras hacer sus apuestas, a través de la espesa niebla etílica del pub, cantando Got on a lucky one, came in eighteen to oooone.

(**) Es famoso porque cuando navegas por los canales disponibles de allende la TDT (satélite, tv de pago, tv de un hotel, etc), en la parte de deportes SIEMPRE te aparece una competición de curling, es como el Radio María del streaming deportivo; las primeras veces te hipnotiza y te quedas mirando aquello tratando de entender qué sentido tiene ese despropósito escobado.

P.D. : A partir de ahora, si alguien tiene alguna petición, si tiene dudas sobre comenzar a practicar algún deporte, o si cree que nos hemos dejado algo importante, que nos lo comunique por los cauces habituales y será oportunamente atendido y desaconsejado. Aquí no practicamos el silencio administrativo. Bueno, el Camarada últimamente sí, pero tiene cosas más importantes que hacer.

Patinar es una actividad peligrosa que consiste en desplazarse sobre algo que ruede o resbale (sobre superficies sólidas), bien para echar carreras, bien para demostrar al resto de los mortales que no sólo no te esnafras, sino que además eres capaz de dar golteretas y piruetas (sólo o en compañía de otros). Puede ser deslizándose sobre hielo (los patines son cuchillas peligrosas) o montao en algo que ruede, sean botas con ruedines, sea alguna tabla ruedizada con o sin manillar.

El patinaje es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Aprender a patinar consiste, básicamente, en caerse. Muchas veces. Y cuando ya maomeno parece que sabes, puesto que tienes que ir al límite (ya sea en cuanto a la velocidad, ya sea en cuanto al riesgo de las figuras artísticas) vuelves a tener amplias posibilidades de estampar los morros o el culo contra el suelo. Constantemente.

Algunas modalidades de patinar parecen diseñadas expresamente pensando en el pa’bernos matao. Me hace especial gracia eso del monopatín acrobático; cuando ya la gente era capaz de deslizarse por la acera, usándolo como medio de transporte, se les empezaron a ocurrir colocar trampas y rampas, no tanto para demostrar habilidad, sino para que el esnaframiento -de producirse- fuese más estético y divertido (para el contemplador). En el caso del half-pipe, por ejemplo, la idea es realizar un movimiento pendular sobre una bóveda de cañón invertida, asomando a un lado y a otro de la pista, hasta que dejas de asomar y entonces te recogen del fondo.

Como no tuve monopatín en mi infancia, mi bautismo patinador fue una de hora en la pista de hielo de Jaca. Afortunadamente, era preadolescente y no pesaría más de tres arrobas, por ello no sufrí secuelas graves; pero como negocio fue una estafa; pues de la hora alquilada me pasaría 70 u 80 minutos por los suelos. El tiempo pasa más despacio cuando te vas cayendo en dirección al suelo, a la valla que bordea la pista o hacia un soldado del regimiento de cazadores de montaña que tampoco tiene ni idea.

Ahora los patines tienen motor, y el deporte de moda es repartir comida a domicilio, lo más rápido que puedas, subcontratado por un falso autónomo que trabaja para una franquicia con sede en algún paraíso hediondo agujero fiscal. Y lo llaman emprendimiento.

Diréis que estoy mu tonto, y a lo mejor tenéis razón, pero no será por esto: sus informo que el breakdance es deporte olímpico, cette année olympique. Para los no iniciados, el break o break dance es -supuestamente- un estilo de baile que consiste en simular que juegas al twister contra un calamar gigante mientras recibes descargas de alta tensión. Es importante añadir que (aunque sea un baile) la música es prescindible, y cuando aparece suele manifestarse en formato ruido emitido por un radiocasé del tamaño de un saco de cemento de los de antes.

El break NO es un deporte que, desde esta bitácora, SÍ desaconsejamos. No sé qué me produce más espanto y desazón; si el brikidans en sí o que lo hayan incluido como deporte olímpico. Vayamos por partes. En cuanto a lo de «dance», es cierto que es una actividad que requiere cierta habilidad expresiva; pero ni es un baile, ni tiene ritmo ni hay por donde cogerlo. Los movimientos más espectaculares consisten en dar golteretas, pero no en plan pirouette, sino revolcao por el suelo de la manera más antinatural posible: sobre la cabeza, sobre la chepa o girando como una peonza mal lanzada o como cuando se te cae una pastilla de jabón gorda en el lavabo. Se puede afirmar que tiene dificultad, pero estética, no.

Lo de que sea ¿deporte? ¿OLÍMPICO? no es más que un intento gabacho de recuperar la grandeur acaparando medallas en las próximas olimpiadas, ya que les basta hacer una redada por las banlieues de París, el día de antes, para presentar un equipo competente. Ya veremos lo que sale en el antidoping, eso sí. Su gran rival serán los EEUU, que probablemente hagan otra redada pero en el Bronx. Y luego, me imagino a los jueces de esto… Que claro, tendran que ser del gremio, por lo que las puntuaciones las sacarán pintarrajeándolas con un fliz de colorines por las paredes del pabellón.

Ni siquiera entendería que se hubiese programado para Moscú 80 o Los Ángeles del 84, época en la que la cosa estaba en plena efervescencia, y en «La juventud baila» (un mini talen chou del pleistoceno que se emitía los sábados por la tarde) hubo hasta una sección dedicada a este despropósito. Nótese que todo el mundo defiende la música de su adolescencia, pero eso no sucede con la del break dance (que aquí se escribía a veces «breik», por cierto). Fue una moda afortunadamente pasajera (como el parkour, unos años más tarde) con un seguimiento más escaso que los aperitivos de Valladolid.

Lo único que demuestra esto, una vez más, es que los comités olímpicos son, mayoritariamente, un grupo de jetas viviendo del cuento de la promoción del deporte. Cuando sean en Italia pondrán la prueba de voltear masa de pizza, y cuando sean en Gales, la de foll… digo de esquilar ovejas. El caso es montar un chiringuito para vivir del cuento cuatro años más.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

La esgrima es un deporte que consiste en jugar a espadachines, pero vestido como si los drugos de La naranja mecánica se fueran a trabajar a las colmenas de la Granja Sanfran. Antes de continuar, he de hacer la salvedad de que nunca lo he practicado (aparte, obviously, de las luchas infantiles armados con un palo y que siempre terminaban con algún dedo machao); pero una vez Hija se apuntó a una actividad demostrativa donde explicaron, en una breve clase teórica, los rudimentos de este simulacro guerrero.

La esgrima es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Jugar con cosas con filo o pinchos está mal, te lo dicen desde chico. Que sí, que en la esgrima hay protecciones, pero todavía recuerdo el caso del mejor luchador de mi tierna infancia, con nombre de vodka (Vladimir Smirnov), que murió en un campeonato. Si fuese tan popular como el fútbol, en España cada día habría cientos de muertes de hijos jugando a eso en los recreos, con materiales caseros, para ser la próxima figura y sacar de pobres a sus exigentes padres. Menos mal que lo practican cuatro mosqueperros.

Aparte de la violencia, de todos los deportes de lucha, la esgrima es el más ridículo. Antes de que te lo expliquen, te imaginas siendo como Íñigo Montoya* o Darth Vader. La realidad es bien distinta: la cosa se parece más al ballet clásico… Un pasito palante, María, un pasito patrás; haciendo entrechocar (pero con poco ardor guerrero**, casi en plan brindis) las espadas, lo más lejos posible del cuerpo. Es como una lucha con baguettes, tratando de no romperlas. Ah, y todo ello (por si fuera poca humillación) en francés … ¡En garde! ¡Touché! ¡Toureiffel!

No tengo pruebas, pero tampoco dudas, de que las sucesivas derrotas de algunos ejércitos a partir del XIX (especialmente, los austrohúngaros) están motivadas por dar demasiada importancia a la esgrima en sus academias militares, en tiempos en los que las espadas llevaban varios siglos obsoletas como armas de combate***. Y todavía hoy, las palabras «ruido de sables» hacen referencia a cómo entienden la democracia los militares de alta graduación, para eso es para lo que valen. Y para partir jamón.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Ojo, dentro de que no dejan de ser escenas peliculeras, la lucha de La princesa prometida está bien hecha, quicir, fue la última escena rodada de la peli porque los dos actores fueron recibiendo clases durante todo el rodaje para que fuera más chula y realista. Uno de los profesores que tuvieron, campeón de esgrima, claro, fue el que estaba «dentro» de Darth Vader en las escenas de lucha de espadas láser en las primeras peliculas de La guerra de las Galaxias, Bob Anderson. El que le cortó la mano a Luke****. Ese.

(**) De hecho, si tratas de luchar como se ve en las películas de época de los años 50, soltando mandobles decapitadores, estarás perdido; la gracia de la esgrima es que los movimientos sean lo más imperceptibles e impredecibles posible.

(***) Durante el XIX (e incluso principios del XX) la espada se siguió usando, sí; pero cuando el guerrero va a caballo y lucha contra una muchedumbre de campesinos escasamente armados.

(****) Si yo hubiese dirigido esa película, Darth le habría rebanado la oreja a Luke, como Pedro al esbirro de Caifás. Y luego la habría enseñado como trofeo taurino por todos los bares de la galaxia.

Retomando el hilo de un post anterior, he reconsiderado mi postura y voy a incluir esos engendros denominados «deportes multiaventura» en la categoría de deportes. Cosas peores esiten; y esto, además, lo lleva en el nombre, asínque vamo a ello. Por acotar un poco, los deportes multiaventura son juegos y actividades colectivas en las que lo principal es conseguir que un grupo de adultos pague* por competir entre sí a lo que sea; cuanto más cipóticamente, mejor. Se valora también que se arriesgue la integridad física, pero sin pasarse, como en El precio justo. ¡Colabora y compite! ¡Adrenalina y coaching! ¡Qué overdose, qué síndrome!

Los deportes multiaventura son una actividad que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Para empezar, haremos referencia a los dos colectivos principalmente implicados en reservar estos eventos: las direcciones de RRHH (exhibit 1) y las despedidas de soltero (exhibit 2); con esto bastaría. Luego está la propia actividad en sí, que es muy variada, y pueden aparecer algunos de los deportes que hemos desaconsejado anteriormente en este bló, aunque modificados genéticamente para darles un toque lúdico-festivo; también hay actividades expresamente diseñadas para multiaventurarse.

Como hemos dicho, muchas empresas tienen a bien organizar jornadas de convivencia para sus empleados, a modo de salario emocional** y para fomentar que los empleados follen se relacionen entre ellos, y así (a) tengan más lazos de afinidad con la empresa y se sientan inclinados a permanecer en ella y (b) curren como esclavos felices. Una cosa está clara, si tu empresa te lleva a un tinglao de estos es que (a) no quiere que te vayas y, por ende, (b) lo que debería hacer es pagarte más y dejarse de gastar dinero en chorradas.

Seamos claros; todo esto surge cuando los de RRHH se ponen a medir desempeños*** e investigar dónde se pueden conseguir sinergias; y va el jefe y les recuerda, con sonrisa de Gato de Cheshire, que Ellos También Entran, esto es, que o justifican su trabajo o podrían ser sinergiados a la p__a calle. Como sólo entienden de nóminas y finiquitos, pegan muchos bandazos y se lían a inventar paripés estilo mr wonderfil con nombres en inglés: Team building, Career path, Helter skelter, etc. Por eso, las empresas suelen pedir actividades de colaborar y organizarse (escape room, paintball, gymkanas de orientación, etc).

El segundo caso (las despedidas) es todavía más arriesgado, porque se suelen elegir las actividades más bestias y es casi obligatorio (a) ir puesto hasta las trancas y (b) tratar de poner al novio en una situación en la que peligre su vida o su capacidad reproductiva. Les escribe alguien que ha sido partícipe de una de estas insensateces. Aquí priman las actividades guerrilleras (paintball, barranquismo, tirolinas, rafting…). De las de las despedidas de solteras no puedo hablar porque no he ido a ninguna.

Habrán notado vds la repetición del paintball, es la actividad multiaventurera por excelencia. Como he dicho, tuve la desgracia de realizarla una vez, en una despedida. El monitor nos explicó las reglas (¿?), nos dio el equipo (un casco de soldador y un mono), y añadió como quien no quiere la cosa «si hubieran venido chicas, tenemos estos petos nuevos porque, en fin, tetas esiten, y los pelotazos duelen, pero a vosotros no os hace falta…», a lo que yo respondí inmediatamente que me diera uno, siendo imitado -poco a poco y tímidamente- por el resto de participantes (que a pesar del alcohol ingerido, debieron razonar éste sabe algo****). Acto seguido, salimos al campo (un bosque de encinas y chaparros), y pasando absolutamente de las reglas y de las banderas, nos vaciamos los cargadores en menos de 5 minutos.

Ahora bien, organizar una batalla de paintball en una empresa puede ser fatal. Por un lado están los que deciden participar y divertirse y se meten animosamente en el papel de rambo; aquí veremos cómo el ardor guerrero lleva al conflicto (sobre todo con los del propio equipo que se muestren torpes o cobardes). Luego están los piensan que eso es una estupidez y no se muestran participativos; al alejarse de su batallón se convertirán en blanco fácil de los rambos del equipo contrario, que les crujen a pelotazos; y ya está liada. Como vemos, en todos los casos habrá conflicto. Como punto positivo, es una oportunidad inmejorable para que los jefes sean víctimas de balas perdidas o incluso de fuego amigo.

En cuanto al resto de actividades, hay muchos tipos. Si tu empresa tiene pasta, hasta igual os llevan a actividades en la nieve, que son caras, pero también aburridas -las raquetas de nieve son un coñazo- y sólo se alegran con las preceptivas batallas de bolazos o cuando alguien se esnafra en una placa de hielo. Otras actividades implican hacer el canelo por la naturaleza (orientación, trekking, caballos, etc) siendo especialmente adrenalínicas las que incluyen montañas o ríos.

También hay ejercicios con equipamientos raros y específicos, que suelen implicar meterte dentro de algo (una bola, un disfraz, un futbolín gigante) a hacer el idiota; tiene la gracia de que puedes ver a Puri, la guapa de Marketing, y al estirao del Sr. Céspedes, de Contabilidad, revolcados por el suelo, peleando por un premio. Y luego hay otros pasatiempos en la línea de los juegos de rol, dinámicas de grupo, improvisación, etc; que también son tirar el dinero: no van a mejorar el buen rollo entre los empleados si no existía previamente; pero sí que pueden confirmar que el lameculos del jefe es un lameculos integral.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) De hecho, pasar por caja es la principal característica de estos deportes. Si vais al campo y hacéis el canelo por vuestra cuenta no se considera Actividad Multiaventura. Sólo cuando el grupo abona la correspondiente tarifa, perderse en un pinar con un mapa del tesoro o hacer el pingüino sobre la nieve se consideran Deportes Multiaventura.

(**) El salario emocional es cuando te pagan en abrazos, lacasitos, kudos y feedback. Sobre esto, recordad siempre el consejo de una de las más grandes, Doña Concha Piquer.

(***) Again: por más métricas de objetivos, encuestas de satisfacción y talent shows que monten para valorar el desempeño, al final sólo buscan excusas para prescindir de ti si llega el caso. Y por eso, recordad que cuando os hagan la típica encuesta de «puntúe al empleado que le acaba de atender», salvo si ha sido un verdadero gilip__as, tenéis que dar la máxima nota, porque un 8 sobre 10 no es un notable alto, es un Hay que esforzarse más, Gómez, y un 5 sobre 10 no es un aprobado, es un Gómez, alap__acalle.

(****) No era así, no había jugado nunca, pero soy de natural escuchimizao y prudente, y preveía lo que podía suceder y sucedió. Con todo y eso, un disparo por la espalda a bocajarro***** cuando todavía se suponía que no habíamos empezado me hizo una herida en el cuello (y eso que llevaba puesta la braga de la bici), aunque tuvo la virtud de despertar mi instinto asesino. Como aquello se convirtió en un «todos contra todos» (en especial, contra el novio), y es difícil reconocerse con las caretas y los monos de combate, mi táctica fue aliarme con otro que no estaba muy borracho, y buscar ataques dos contra uno (ojo, esos gestos peliculeros en silencio de tú por allí, yo por aquí son útiles), lanzando zancadillas y golpeando con la culata del arma para ahorrar munición. Al día siguiente, algunos se extrañaban de la cantidad de moratones que tenían por el cuerpo. Y yo recordaba a Homer Simpson: Alcohol, causa y solución de todos los problemas.

(*****) Sí, está prohibido. Pero la guerra es la guerra. Y yo iba por «la parte de la novia», a diferencia del resto del grupo.

La halterofilia es la manera culta de llamar al deporte conocido también como «levantamiento de pesas»; consiste, efectivamente, en eso. Sencillo. Cuando se realiza como competición, la cosa va de ver quién levanta más peso (dentro de las normas de cada casa); y cuando se realiza como entrenamiento se suelen poner cosas no tan bestias pero que se levantan muchas veces, con la idea de ponerse cachas. De hecho, las pesas son el complemento estándar (antes de que se inventaran las máquinas de musculación) de eso que hace la gente en los gimnasios y que no es gimnasia sensu stricto.

La halterofilia es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. En especial, la bruta, la de levantar pesas (o piedras), a ver quién consigue elevar la más gorda. Es lo mejor si te quieres destrozar la espalda y cosas adyacentes. Es posible que tus músculos sean capaces de soportar el peso, pero esas cositas que tenemos entre vértebra y vértebra irán anotando cada achuchón que les das, para pasarte la correspondiente factura cuando menos te lo esperes.

La otra versión del deporte no viene mal mientras no se convierta en vicio. Todos tenemos que cargar pesos en nuestra vida diaria, y conviene estar preparado; además, en algunos trabajos es necesario levantar bastante peso. Probablemente, la primera imagen que nos viene a la mente es la de «un tío cachas»: el albañil, los operarios de almacenes, etc; pero pocos onvres suelen pensar que las personas que cuidan a enfermos y ancianos son casi siempre mujeres; constantemente tienen que mover a pacientes que pesan el doble que ellas, y tratándolos con más cuidao que al saco de cemento o a la caja de frutas. Conviene tener fuerza y maña; pues no sólo se trata del peso, sino de la postura. También es importante cuando el peso no es tan grande pero se sostiene mucho tiempo y mientras haces otras cosas; es una de las tareas más cargantes de la paternidad (y yo no me puedo quejar mucho porque Hija no llegaba ni a la raya de abajo del percentil de peso y -obvio- la parte del embarazo le tocó a Sra).

El problema, como hemos dicho, es cuando lo de levantar peso se convierte en un objetivo en sí mismo. Tenemos en mente al culturista con los músculos hipertrofiados, ¿no? Es una de las imágenes más lamentables del deporte en general, y mira que llevamos unas cuantas en este bló. Quizá por eso le pusieron un nombre griego; para que pareciera algo intelectual y disimular la brutalidad. Debería haber sido halteromanía o halteropatía.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

Hay muchos deportes que implican meterse en el agua en algo que flota y que se desplaza por la mera fuerza bruta de los allí presentes, pero no por supervivencia (como cuando lo del Titanic) o para pescar; sino con la intención de ganar a otro que vaya en una embarcación similar. Diversas modalidades esiten, según la pinta de la embarcación, el número de remeros y la presencia o no de un (gran) timonel. El lugar donde se practica (mares, lagos o ríos) también influye en llamarlo así o asá. Piragüismo, canoa, kayak, traineras, skiff, descenso… hay gente pa tó.

El remo es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Baste como prueba un dato histórico: en la antigüedad, el remo estaba reservado a los esclavos, los enemigos capturados y a los delincuentes. La condena «a galeras» era como una muerte lenta (a veces rápida, si tu barco era hundido en el combate). Lo de remar por gusto es como que te crucifiquen por gusto. Ah, que eso también lo hace gente. Al menos no es un deporte. Creo.

Por lo demás, incluso cuando no te dan latigazos, es una paliza -sobre todo para los brazos- y machaca desigualmente el cuerpo. Tener que remar y respirar (agónicamente) mientras esprintas camino de la meta es una experiencia de lo más desagradable. Algunas máquinas de los gimnasios simulan ser aparatos de remo, y eso sólo puede significar cosas terribles.

Existe modalidades de remo aún más extremas, donde además de la paliza física es jodido sobrevivir; como esa que consiste en echarse a un torrente caudaloso tratando no sólo de que la piragua se mantenga a flote mirando parriba; sino es que encima tienes que ir haciendo cabriolas por el río (artificial o natural), como en el juego de la rayuela pero rodeado de remolinos y cascadas. Eso espero no tener que desaconsejárselo a ninguno de vds.

Mi bautismo de remo fue, como tantas cosas, al aprovechar que el río Pisuerga pasa por Valladolid; lo cual probablemente influya en mi percepción de este mal llamado deporte. Lo cierto es que mi compañero de embarcación, al que yo suponía cierta pericia naval, pues era de Asturias (el mar, el descenso del Sella, yatusabeh) tenía menos idea que yo (y poca intución sobre las leyes de la física; acción y reacción, etc), y siendo mucho más fuerte (eso es fácil), aplicaba su fuerza sin un asomo de destreza, lo que constantemente comprometía nuestra trayectoria y amenazaba con hacernos naufragar, embarrancar o colisionar con otras embarcaciones. Hasta los patos de la playa de Poniente se reían de nosotros.

Deportes de vela no voy a tratar en esta bitácora porque en mi condición de abulense talasofóbico jamás he osado montarme en un artefacto de propulsión eólica; ya lo hice en una pedalona en Torremolinos con tres compañeros de 3º de BUP y nos tocó pagar el exceso de tiempo, porque la corriente nos arrastraba hacia la Isla de Alborán, a uno le dio un calambre y a los dos que quedábamos nos costó aquello más que subir al Tourmalet; como para fiar mi rumbo, además, a algo que sea mobile cual piuma al vento.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

La calva, mencionada en el post anterior, es un deporte autóctono abulense (y de alguna otra provincia del antiguo territorio preautonómico carpetovetón) que consiste en tratar de atinar a un palo obtusángulo (denominado calva*) colocado como diana, lanzando un chisme con forma de pequeño cilindro algo más pequeño que una lata de pringles. La calva suele ser de madera de encina o roble, pero vale cualquier otra que sea resistente; tiene una forma de V muy abierta (2 rad, aprox; aunque cada zona tiene su estilo calvero más abierto o cerrado). El cilindro se denomina «morrillo», «borrillo», «gorrillo», «gorrón», «piedra» y cosas peores, se suele lanzar con cierto spin para ayudar a mantener la horizontalidad durante el vuelo. Antiguamente eran de piedra, ahora suelen ser metálicos; no macizos, pero sí rellenos con cosas, para tener momento inercial (a más peso, menos se desvía; pero también cuesta más lanzar). El impacto con la calva tiene que producirse antes de que el morrillo toque el suelo, y es válido aunque no derribe la calva.

La calva es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Por muy autóctono que sea, o quizá por eso. Y veremos por qué. Para comenzar las descalificaciones, digamos que existen dos tipos de jugadores de calva: los pofezionales y los ocasionales. Estos últimos son los que únicamente juegan en las fiestas del pueblo (que, por cierto, son las únicas partidas en las que se suele ver categoria femenina). En muchas localidades se incluye un torneo de calva como parte del programa de festejos, y suele llevar aparejado algún premio donado por patrocinadores.

Sucede que a estos saraos se apuntan casi todos los mozos (y buena parte de las mozas) de la localidad entre los 13 y los 93 años. El torneo, lógicamente, se alarga; y los jugadores que esperan van consumiendo botellines para amenizar la espera. Con tanto alcohol la puntería se resiente, aumenta la entropía y las trayectorias de los morrillos cumplen el principio de incertidumbre; el torneo termina siendo peligroso de presenciar (siendo especialmente arriesgado el puesto de «calvero», el que coloca la calva cuando es derribada). Pero el peligro es aun mayor si un forastero realiza un buen concurso y la población local no acepta de buen grado que se lleve el jamón (un «casus belli» de libro).

Luego están los jugadores habituales de calva, gente que se reúne habitualmente en sitios apartados (en los pueblos) y en parques y otras zonas de esparcimiento (en las ciudades) para dar rienda suelta a su afición con cierta periodicidad, jugando partidas amistosas y campeonatos no tan amistosos. Algunos no están ni jubilados. Pocos. Aunque parece una especie de secta homogénea, las rivalidades son grandes, y se produce un curioso fenómeno, pues se establecen categorías (algo así como el hándicap del golf) que suelen ser polémicas; porque si ganas un par de torneos de tu nivel seguidos, se reúne el consejo de ancianos y te dicen que subas al nivel superior (donde serás de los peores y dejarás de ganar torneos, hasta que mejores o consigas volver a descender de categoría).

Este tipo de decisiones no tienen un reglamento claro y frecuentemente son motivo de discusiones y enfrentamientos, lo que dada la edad de los jugadores puede tener consecuencias fatales, sobre todo si tienen mal regulao el simtrom. Por otra parte, esta gente experta cuando va a las fiestas de su pueblo arrasa, lo que provoca envidias** del tipo «éstos que jueguen en su p__a liga». Si además es forastero, es preferible que intervengan los cascos azules.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Algunas teorías indican que el nombre de la calva realmente proviene de la zona sin obstáculos, esto es, «calva de vegetación» (el calvero), donde se coloca la madera-diana, sobre un pequeño montoncillo de arena (el «pate») para que se quede de pie.

(**) Del tipo de envidia fermentada de un mozo de 20 años cargao de botellines, que se puso primero en las tandas iniciales tras acertar 12 calvas, pero es superado por un abuelete que atina 17 ó 18.

El juego de los bolos (boliche, en algunos lugares) es un deporte de puntería que consiste en derribar objetos fálicos dispuestos verticalmente al final de un pasillo de parquet, con una bola gorda con tres agujeros agarratorios; para lo que es necesaria una parafernalia indecente que se coloca, junto con un bar, en los lugares denominados «boleras». Si recuerdan la desaconsejación del billar, es un poco lo mismo, pero el ambiente aquí trata de ser lo más años-50-tupés-pin-up-girls-esco posible, como pa que vayan los muchachos después de arreglar el Grease Lightning; aunque frecuentemente se queda en algo más rústico, como la bolera de Los Picapiedra.

El juego de los bolos es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Vale todo lo del billar, como hemos dicho, cambiando la vestimenta y eliminando (algo) la parte del machismo (aquí las chicas ya podían jugar, incluso en los 50); pero a cambio las bolas pesan como un muerto y como tengas mala suerte o te hayan aconsejado mal, te puedes hacer daño en los deditos* y/o en la chepa. Ah, y el whisky o la coñá se cambia por la mucha cerveza.

Aparte, los bolos tienen un ritual un poco molesto y caro. Para empezar, vas a la bolera, alquilas una pista y (dando por hecho que no eres habitual) tienes que alquilar también unos zapatos** de chúpame la punta, que te entregan tras echarles un fliz con ambientador (esto es igual de importante que de inservible). Te diriges al módulo base de la pista, contoneándote como Tony Manero, y allí llegas y te encuentras que los de las pistas de al lado tienen Camisetas de Equipación; están jugando los los Villaverde Timberbowlers contra los Caño Roto Sound Machine, en el campeonato que organiza la bolera. Te miran con desdén.

En las pantallas puedes ver la puntuación de todos los demás. Ellos también ven la tuya, claro. Es evidente que no puedes competir contra los Timberbowlers, que empiezan a encadenar pleno tras pleno, y decides que (mode Braveheart on) puede que te derroten en puntuación, pero no te quitarán la libertad… de beber cerveza, y os pasáis la partida yendo y viniendo a la barra a por tercios o pintas (NADIE juega a los bolos con cañas normales o botellines de quinto; si no lo creéis, comprobadlo). Claro, porque estamos haciendo deporte y eso deshidrata.

Una cosa curiosa del juego es que, en contra de la intuición, no es bueno que la bola vaya recta hacia el bolo del centro; si lanzas así lo más fácil es que dejes bolos de los extremos sin derribar. Es mejor que le impacte frontolateralmente; por eso los jugadores deverdaz lanzan con un extraño efecto giroscópico que se tarda mucho en aprender. Eso ayuda a que te quedes mirando a los otros con cara de WTF?, trates de imitarles, te hagas daño y la bola se te vaya a los carrilillos de desagüe que tiene la pista a los lados.

La bolera no sólo tiene pinta de bolera, asientos semicirculares de bolera, american way of life y toa la pesca; tiene Ruido de Bolera (escandaloso y adictivo). Pasarás un tiempo queriendo ir a la bolera sólo por escuchar el sonido ambiente ¡las bolas reventando los bolos, la maquinaria que recoge y recoloca todo! que de alguna manera te hace sentir bolero y que, por un condicionamiento como el de los perros de Pavlov, inmediatamente te impulsa a beber cerveza. Eso es lo que sacarás de ese mal llamado deporte.

La bolera, por si fuera poco, compite con nuestros deportes autóctonos de puntería (en Ávila, la calva, en otros lugares hay diversas modalidades de bolos tradicionales); no es que sea crítico, pero de alguna manera convierte a éstos en deportes para jubilados y/o nostálgicos del antiguo régimen. Peeeero para jugar a la calva vale un pequeño terreno despejado, mientras que las boleras son muy caras de mantener; en poblaciones pequeñas no hay «masa crítica» de jugadores, y en las grandes, como requieren locales enormes, las especulación urbanística juega en su contra. Por tanto, tras aparecer (en España) con cierta fuerza en los años 60 y 70, el juego languidece merecidamente.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Enzerio, aunque lo hayáis jugao en el Wii Sports, no lancéis a los bolos si alguien no os explica cómo va. Parece fácil pero es igualmente fácil que te escoñes los dedos o sueltes la bola desde una altura improcedente y te mire mal toda la gente del local.

(**) Para lanzar a los botos da igual que lleves chirucas, deportivas o náuticos; sólo están homologados los zapatos de tirar a los bolos, que se caracterizan por ser un híbrido entre el zapato de rejilla y las J’hayber, pero con colorinchis y suela de piel de gamusino.