La halterofilia es la manera culta de llamar al deporte conocido también como «levantamiento de pesas»; consiste, efectivamente, en eso. Sencillo. Cuando se realiza como competición, la cosa va de ver quién levanta más peso (dentro de las normas de cada casa); y cuando se realiza como entrenamiento se suelen poner cosas no tan bestias pero que se levantan muchas veces, con la idea de ponerse cachas. De hecho, las pesas son el complemento estándar (antes de que se inventaran las máquinas de musculación) de eso que hace la gente en los gimnasios y que no es gimnasia sensu stricto.

La halterofilia es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. En especial, la bruta, la de levantar pesas (o piedras), a ver quién consigue elevar la más gorda. Es lo mejor si te quieres destrozar la espalda y cosas adyacentes. Es posible que tus músculos sean capaces de soportar el peso, pero esas cositas que tenemos entre vértebra y vértebra irán anotando cada achuchón que les das, para pasarte la correspondiente factura cuando menos te lo esperes.

La otra versión del deporte no viene mal mientras no se convierta en vicio. Todos tenemos que cargar pesos en nuestra vida diaria, y conviene estar preparado; además, en algunos trabajos es necesario levantar bastante peso. Probablemente, la primera imagen que nos viene a la mente es la de «un tío cachas»: el albañil, los operarios de almacenes, etc; pero pocos onvres suelen pensar que las personas que cuidan a enfermos y ancianos son casi siempre mujeres; constantemente tienen que mover a pacientes que pesan el doble que ellas, y tratándolos con más cuidao que al saco de cemento o a la caja de frutas. Conviene tener fuerza y maña; pues no sólo se trata del peso, sino de la postura. También es importante cuando el peso no es tan grande pero se sostiene mucho tiempo y mientras haces otras cosas; es una de las tareas más cargantes de la paternidad (y yo no me puedo quejar mucho porque Hija no llegaba ni a la raya de abajo del percentil de peso y -obvio- la parte del embarazo le tocó a Sra).

El problema, como hemos dicho, es cuando lo de levantar peso se convierte en un objetivo en sí mismo. Tenemos en mente al culturista con los músculos hipertrofiados, ¿no? Es una de las imágenes más lamentables del deporte en general, y mira que llevamos unas cuantas en este bló. Quizá por eso le pusieron un nombre griego; para que pareciera algo intelectual y disimular la brutalidad. Debería haber sido halteromanía o halteropatía.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

Gilipollas hay que decirlo más…

Desde que el mundo es mundo, se han utilizado palabras soeces para descalificar al otro. El castellano, por añadidura, es especialmente prolijo en expresiones malsonantes. Aunque algunos han querido ver en el italiano un idioma rival, les invito a que repasen cualquier reel de Instagram, tuit, o similar, de ciudadanos argentinos ciscándose en los futbolistas de su combinado nacional, antes de ganar el último Mundial, y coincidirán conmigo en que nuestra lengua no admite comparación. Se lo dice alguien que, en plenos «años de plomo» en Euskadi, ha visto a las huestes juveniles de la Izquierda AberchandalTM cambiar del euskera al castellano, sólo para insultar.

No obstante, hoy en día, el improperio tradicional atraviesa un descrédito comparable al del piropo. Pero peor, porque, al fin y al cabo, el piropo no es más que una expresión de machismo rancio, mientras que, faltando, uno puede ofender a una variada panoplia de colectivos, que nada tienen que ver con el blanco de nuestras iras verbales.

Por ejemplo, a pesar de que los muchachos chanantes glosen lo contrario en el vídeo arriba incluido, «hijo de puta» ofende a las víctimas de explotación sexual, además de ser claramente patriarcal, por dirigirse a quienes han sido gestantes del insultado.

«Cabrón» tiene su punto especista, porque, ¿que daño nos ha hecho el macho cabrío, a no ser que nos hayamos puesto frente a uno, dándole la espalda (caso en el que es posible que hayamos acabado en traumatología, por ir provocando)?

Otro tanto cabe de la abominación de la homofobia que implica calificara a alguien de «marica» o «maricón». Resulta superfluo explicar todo lo que está mal en esta expresión. Que la orientación sexual no es nada peyorativo, que el hecho de preferir a personas de tu mismo sexo no te hace más débil, menos recio, o cualquiera que de las virtudes que, supuestamente asociadas a la heterosexualidad, se quiera poner como oposición a lo que representa el destinatario del epíteto…

También existe un capacitismo inherente a todo insulto que aluda a la capacidad intelectual del objetivo: «subnormal», «retrasado», etc. Ahora se ha puesto muy de moda el usar anglicismos o neologismos, o una mezcla de ambos, como «monguer». En realidad, en la lengua de Shakespeare, monger no es otra cosa que monje, y no creo que sea la intención. La verdadera es disfrazar el uso de «mongolo», anacrónica expresión que alude a la trisomía del par 21, es decir, las personas con Síndrome de Down. El Dr. John Down, a quien se debe el nombre, creyó observar rasgos faciales similares a los de la etnia habitante de Mongolia en los afectados por esta mutación cromosómica, y de ahí que se les asimilara. Imaginen el sonrojo que me causa, hoy en día, explicarle a uno de mis retoños que una de sus compañeras de clase es mongola, pero porque sus padres vinieron hace escasos años de las tierras del Gengis Khan, no porque tenga ningún tipo de diversidad funcional.

Pero hay un insulto tradicional, propio de nuestras latitudes, y apenas conocido en otros países hispanohablantes, que viene a nuestro rescate. Es el gilipollas. Cuenta la leyenda, transmitida verbalmente entre generaciones, que había un ministro del Gobierno, apellidado Gil, que debía de tener poco aprecio entre el vulgo. El susodicho solía salir a pasear, haciéndose acompañar por sus hijas, en edad de merecer, con la intención de llamar la atención de algún pretendiente. Que pretendiera arrimarse a la sombra del poder de su futurible suegro, quiero decir. En aquella época, era frecuente referirse a los hijos como «los pollos», y por traslación, a las hijas como «las pollas». El vocablo todavía carecía de connotación sexual. Así pues, cuando el prócer de la Patria salía con sus vástagas, el pueblo murmuraba: «Ahí vienen Gil y sus pollas». A partir de ese momento, la economía expresiva lo transformó en «Gil y pollas», y de ahí a «gilipollas».

Nótese que la frase inicial es una crítica de abajo hacia arriba, del pueblo contra los poderosos, no al revés, como suele suceder. Además, vitupera la costumbre de exponer a la progenie femenina como ganado en el mercado, así que es reivindicativa de la lucha por la igualdad y contra el heteropatriarcado. Culminando, echa pestes de un sujeto y las a él sujetas, así que no discrimina por razón de género. En suma, es el insulto políticamente correcto por antonomasia. Repitan conmigo: «¡Gilipollas hay que decirlo más!».

Se hace saber…

Comenzamos 2024 con nuevas entregas del Á.S.M, aunque retrocedemos al nº 88 que me había saltao. Los Pregoneros Digitales son unos monumentos de reciente adquisición por parte de la municipalidad, están desperdigados por nuestra bella urbe (muchos de ellos, ¡en rotondas!) y tras unos días de cierto titubeo, nos informan a los locales de un montón de eventos y eventualidades, así como la fecha, la hora y la temperatura en el exterior de nuestros estudios.

Los que tenemos cierta edad y/o hemos vivido en un pueblo recordamos la figura del pregonero, un señor (o señora, en el pueblo de mis padres era la Angelines) que armado con un estridente cornetín, y comenzando con la cantinela Se hace sabeeeer*, proclamaba a los cuatro vientos todo lo de interés que afectase a la población; eso que ahora nos llega por los medios de comunicación o vía redes sociales.

Como los tiempos avanzan que es una barbaridad, en Ávila nos han puesto unos carteles que permiten al viandante obtener esta información de modo visual. La mayoría están ubicados encima de un poste, como Simeón el Estilita; y hay otros más grandes colocados en zócalos o pedestales. He hecho la foto un día nublao, porque si les da el sol sale la cosa peor.

Panel de la catedral o del peso de la harina

A pesar de su elevado coste, son de tamaño inferior a los de otras ciudades vecinas. Además, por alguna extraña razón, el dato de la temperatura (que es el que más nos gusta mirar a los abulenses) estaba en un tipo de letra más pequeño; lo que dificultaba su lectura y aumentaba el riesgo de accidentes (de los conductores que apartan la vista de la vía para leer los cartelillos, forzando la vista). En el periodo de pruebas se aumentó el tipo de letra, con vistas a evitar esto.

(*) Como dato curioso e inútil, cuando el árabe era lengua cooficial en España, los pregoneros comenzaban su pregonación con una frase que viene a ser como el «se hace saber» pero en ese idioma: alaa ‘alima l‘aalimún; y que pasó a nuestro folclore pronunciada «a la lima y al limón» (cohonudos semos pa los idiomas), pero que se seguía utilizando, de alguna manera, sin perder el sentido original (por eso la canción «A la lima y al limón» realmente quiere decir «que sepa todo el mundo que no tienes quién te quiera»).

Holi!

Para quienes me recuerden, solía hacerme llamar Ender, primero, Teniente Kaffee, después. Fue hace casi una vida, entre 2006 y 2007, en la primera etapa de ésta, su casa disparada. De entonces para acá, han pasado muchas cosas, y si no se las cuento, no creo que vayan a seguir con la lectura.

Primero, presentémonos. Mi nombre es Jorge Bermúdez, y cuando empecé a darle a la tecla por aquí, en un birrioso portátil Packard Bell (esto tiene su historia), allá por enero de 2006, era un triste opositor a la carrera judicial/fiscal, a punto de tirar la toalla tras años de infructuoso estudio, y que necesitaba desahogar bilis en forma de risas, mi última línea de defensa. Empecé a leer algunos blogs, los canónicos, y a través de uno de ellos, conocí una casa de juerga y desparrame llamada «Halón Disparado». Comencé a leer y comentar asiduamente, y hasta escribir por privado al timonel de aquella nave del desvarío, el Camarada Bakunin.

En estas, ante mi evidente logorrea y necesidad de casito, el susodicho me dio las llaves y me dijo: «Ponte cómodo». Y eso hice. Por aquel entonces, como no había influencers, pero si ego, había una clasificación de blogs más leídos en España. Fue una cosa de mucha risa cuando, en plena competición entre Microsiervos y Enrique Dans, con Ignacio Escolar asomando por el reflejo del retrovisor, se les coló por la derecha un entonces desconocido Marcelino Madrigal. La cosa fue tan digna de verse que dio hasta para aparecer en un sesudo paper universitario (aquí, página 42). El caso es que, en aquel 40 Principales de la época dorada de la blogocosa, ésta página de ustedes llegó a estar la número 60. Casi nada.

Pero hablábamos de mi libro. En aquellas fechas, desprovisto de toda esperanza, me presenté a la última convocatoria que había firmado y, contra todo pronóstico, aprobé. Así que me tuve que encargar una toga a medida, con escudo en la pechera, porque pasé a formar parte del Ministerio Fiscal. A pesar de ello, impenitente, continué escribiendo, y después de alguna que otra enganchada, con cruce de posts agresivos, y un aviso en la empresa de que aquí hemos venido a defender el Estado de Derecho, no a practicarlo, me di de baja.

Pasaron los años, me seguían picando los dedos y desahogué mi pasión por darle a la tecla escribiendo «de verdad», que diría el maestro Andrés Trasado. O al menos, esa es mi opinión.

Publiqué capítulos en un par de libros técnicos, un relato en un libro con Pérez-Reverte (sí, ése, también tiene su historia)… y entonces apareció Eldiario.es. Pongámonos en contexto: un joven fiscal con ínfulas literatas y un pasado en un blog, un arriesgado periodista/bloguero que lanza una nueva cabecera digital… Un breve intercambio de DM’s en Twitter, y servidor de ustedes empezó a colaborar en «Zona Crítica», el nuevo blog que, andando el tiempo, llegaría a convertirse en el periódico digital nativo líder en audiencia, Eldiario.es.

Reconozcámoslo, hoy en día, Eldiario.es está muy lejos de ser el proyecto que conocí. Hay un paywall permanente, donde antes los contenidos eran libres, y una línea editorial marcada, muy marcada. Pero en 2012, que un jurista dejase de usar el «no es más cierto que…» y los latinajos, y les explicase a los ciudadanos de a pie cómo funciona lo de la Justicia por dentro, pues era revolucionario.

Ahora, resulta que todo quisqui ha inventado la pólvora, con jueces que comienzan en Twitter, bajo seudónimo pero con el escudo y la toga en el avatar (cosa que yo evité deliberadamente siempre), que luego se quitan la careta virtual y escriben libros, dan conferencias y reciben loas y alabanzas. 250 artículos igual dan para un libro, aunque quizás hoy no firmase todos los que rubriqué en su día. Pero ese fue mi legado, desde 2012. Hasta que también lo dejé.

Pero eso, parafraseando a Michael Ende, es otra historia, y debe contarse… en el próximo capítulo.

Hay muchos deportes que implican meterse en el agua en algo que flota y que se desplaza por la mera fuerza bruta de los allí presentes, pero no por supervivencia (como cuando lo del Titanic) o para pescar; sino con la intención de ganar a otro que vaya en una embarcación similar. Diversas modalidades esiten, según la pinta de la embarcación, el número de remeros y la presencia o no de un (gran) timonel. El lugar donde se practica (mares, lagos o ríos) también influye en llamarlo así o asá. Piragüismo, canoa, kayak, traineras, skiff, descenso… hay gente pa tó.

El remo es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Baste como prueba un dato histórico: en la antigüedad, el remo estaba reservado a los esclavos, los enemigos capturados y a los delincuentes. La condena «a galeras» era como una muerte lenta (a veces rápida, si tu barco era hundido en el combate). Lo de remar por gusto es como que te crucifiquen por gusto. Ah, que eso también lo hace gente. Al menos no es un deporte. Creo.

Por lo demás, incluso cuando no te dan latigazos, es una paliza -sobre todo para los brazos- y machaca desigualmente el cuerpo. Tener que remar y respirar (agónicamente) mientras esprintas camino de la meta es una experiencia de lo más desagradable. Algunas máquinas de los gimnasios simulan ser aparatos de remo, y eso sólo puede significar cosas terribles.

Existe modalidades de remo aún más extremas, donde además de la paliza física es jodido sobrevivir; como esa que consiste en echarse a un torrente caudaloso tratando no sólo de que la piragua se mantenga a flote mirando parriba; sino es que encima tienes que ir haciendo cabriolas por el río (artificial o natural), como en el juego de la rayuela pero rodeado de remolinos y cascadas. Eso espero no tener que desaconsejárselo a ninguno de vds.

Mi bautismo de remo fue, como tantas cosas, al aprovechar que el río Pisuerga pasa por Valladolid; lo cual probablemente influya en mi percepción de este mal llamado deporte. Lo cierto es que mi compañero de embarcación, al que yo suponía cierta pericia naval, pues era de Asturias (el mar, el descenso del Sella, yatusabeh) tenía menos idea que yo (y poca intución sobre las leyes de la física; acción y reacción, etc), y siendo mucho más fuerte (eso es fácil), aplicaba su fuerza sin un asomo de destreza, lo que constantemente comprometía nuestra trayectoria y amenazaba con hacernos naufragar, embarrancar o colisionar con otras embarcaciones. Hasta los patos de la playa de Poniente se reían de nosotros.

Deportes de vela no voy a tratar en esta bitácora porque en mi condición de abulense talasofóbico jamás he osado montarme en un artefacto de propulsión eólica; ya lo hice en una pedalona en Torremolinos con tres compañeros de 3º de BUP y nos tocó pagar el exceso de tiempo, porque la corriente nos arrastraba hacia la Isla de Alborán, a uno le dio un calambre y a los dos que quedábamos nos costó aquello más que subir al Tourmalet; como para fiar mi rumbo, además, a algo que sea mobile cual piuma al vento.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

Parece una pregunta del teórico del carné… ¿Ánde hay que torcer? Pero no, es real; y la respuesta es la b.

«Señor, mándame una señal» es un monumento bíblico* que nuestro Servicio de Huebras ha erigido en el lugar antiguamente ocupado por la rotonda de la Avenida de la Estación, que forma la base de la nueva escultura/jápenin. Sobre ésta, se han erigido una serie de símbolos paganos en diversos materiales, que conforman un espacio de contemplación extática, mientras un monturro de tierra amenaza con engullirlo todo, como un Leviatán de escombros y biomasa.

Para la elaboración del conjunto, el autor se ha inspirado claramente en La Consagración de la Primavera, de Stravinsky; la rotonda destruida por el invierno (la única señal que languidece en el frío suelo es la del sentido de giro prioritario), pero cuando todo parece perdido y a punto de ser arrasado, gracias a la calefacción tubiductal, resurgen y brotan las indicaciones (como las flores en el prao) ahí a lo loco, señalando en varias direcciones; sin olvidar la de peligro ni las cintas esas rojiblancas que se suelen poner para indicar que no se pise lo fregao, conos multipurpose y una verja de obra apoyada sobre zapatas dóricas.

El conductor que recorre la Avenida de la Estación** alcanza esta intersección y de repente su alma se inunda de desorientación, eleva sus imprecaciones a los cielos y se pregunta Cuál Es El Sentido De La Vida, pues es evidente que es imposible cumplir todo lo que se le ofrece (y obliga) la señalética aquí expuesta. Ni colgao de las tuberías del Pompidou, ni subido a las fauces de Puppy Guggenheim se puede sentir esta epifanía del arte moderno. Que nos envidien los del MOMA y la TATE quieta.

El primer título de la obra iba a ser «Paquí-pallí-lagarto-Spock», pero se consideró que quizá el paquí y el pallí son más típicos de Salamanca, ciudad que habitualmente nos menosprecia, así que se optó por una versión más evangélica y abulense. Probablemente, esta obra ha sido cofinanciada por fondos europeos, lo que añade universalidad a la miasma. Por el lao de allí hay más señales igualmente confusas; de las que, por cierto, se puede observar el reverso (como en la exposición de El Prado esa que tienen con la parte de atrás de los cuadros, en Ávila nos adelantamos a todas las tendencias).

(*) En concreto, Mateo 12,38, panda de herejes y apóstatas.

(**) Antiguamente, Avda de José Antonio; que es la única calle personalmente dedicada que estaba en todos los callejeros y que nunca incluía los apellidos, como sí tenían las dedicadas a generales, coroneles y demás escalafón victorioso; José Antonio era un nombre suficientemente expresivo por sí solo; y se pronunciaba siempre con sinalefa, Jo-Sean-To-Nio. Que a los millenials os falta mucha retrocultura.

La calva, mencionada en el post anterior, es un deporte autóctono abulense (y de alguna otra provincia del antiguo territorio preautonómico carpetovetón) que consiste en tratar de atinar a un palo obtusángulo (denominado calva*) colocado como diana, lanzando un chisme con forma de pequeño cilindro algo más pequeño que una lata de pringles. La calva suele ser de madera de encina o roble, pero vale cualquier otra que sea resistente; tiene una forma de V muy abierta (2 rad, aprox; aunque cada zona tiene su estilo calvero más abierto o cerrado). El cilindro se denomina «morrillo», «borrillo», «gorrillo», «gorrón», «piedra» y cosas peores, se suele lanzar con cierto spin para ayudar a mantener la horizontalidad durante el vuelo. Antiguamente eran de piedra, ahora suelen ser metálicos; no macizos, pero sí rellenos con cosas, para tener momento inercial (a más peso, menos se desvía; pero también cuesta más lanzar). El impacto con la calva tiene que producirse antes de que el morrillo toque el suelo, y es válido aunque no derribe la calva.

La calva es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Por muy autóctono que sea, o quizá por eso. Y veremos por qué. Para comenzar las descalificaciones, digamos que existen dos tipos de jugadores de calva: los pofezionales y los ocasionales. Estos últimos son los que únicamente juegan en las fiestas del pueblo (que, por cierto, son las únicas partidas en las que se suele ver categoria femenina). En muchas localidades se incluye un torneo de calva como parte del programa de festejos, y suele llevar aparejado algún premio donado por patrocinadores.

Sucede que a estos saraos se apuntan casi todos los mozos (y buena parte de las mozas) de la localidad entre los 13 y los 93 años. El torneo, lógicamente, se alarga; y los jugadores que esperan van consumiendo botellines para amenizar la espera. Con tanto alcohol la puntería se resiente, aumenta la entropía y las trayectorias de los morrillos cumplen el principio de incertidumbre; el torneo termina siendo peligroso de presenciar (siendo especialmente arriesgado el puesto de «calvero», el que coloca la calva cuando es derribada). Pero el peligro es aun mayor si un forastero realiza un buen concurso y la población local no acepta de buen grado que se lleve el jamón (un «casus belli» de libro).

Luego están los jugadores habituales de calva, gente que se reúne habitualmente en sitios apartados (en los pueblos) y en parques y otras zonas de esparcimiento (en las ciudades) para dar rienda suelta a su afición con cierta periodicidad, jugando partidas amistosas y campeonatos no tan amistosos. Algunos no están ni jubilados. Pocos. Aunque parece una especie de secta homogénea, las rivalidades son grandes, y se produce un curioso fenómeno, pues se establecen categorías (algo así como el hándicap del golf) que suelen ser polémicas; porque si ganas un par de torneos de tu nivel seguidos, se reúne el consejo de ancianos y te dicen que subas al nivel superior (donde serás de los peores y dejarás de ganar torneos, hasta que mejores o consigas volver a descender de categoría).

Este tipo de decisiones no tienen un reglamento claro y frecuentemente son motivo de discusiones y enfrentamientos, lo que dada la edad de los jugadores puede tener consecuencias fatales, sobre todo si tienen mal regulao el simtrom. Por otra parte, esta gente experta cuando va a las fiestas de su pueblo arrasa, lo que provoca envidias** del tipo «éstos que jueguen en su p__a liga». Si además es forastero, es preferible que intervengan los cascos azules.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Algunas teorías indican que el nombre de la calva realmente proviene de la zona sin obstáculos, esto es, «calva de vegetación» (el calvero), donde se coloca la madera-diana, sobre un pequeño montoncillo de arena (el «pate») para que se quede de pie.

(**) Del tipo de envidia fermentada de un mozo de 20 años cargao de botellines, que se puso primero en las tandas iniciales tras acertar 12 calvas, pero es superado por un abuelete que atina 17 ó 18.

pero mira cómo beebeeen…

Con Abrevadero Postmedieval, el Á.S.M. vuelve a sus raíces; esta bella obra de arte como herramienta para la sociedad está realizada en nuestro Granito Abulense™ del güeno, y se ubica en plena acera, a la puerta de una vivienda unifamiliar de la Plaza de San Benito. Desconozco si es una ubicación temporal causada por las obras de remortadelación y estreñimiento urbano (que también han llegado a la citada plaza), o si lleva más tiempo, pero ahí estaba. La foto es algo crepuscular, porque me pilló volviendo de tomar unas cañas en ese popular y populoso barrio abulense; pero creo que hace justicia al estado del monumento.

Lo simpático de estas antiguas obras es que suelen estar realizadas a mano en una sola pieza de granito; recuerdo que en casa de mis abuelos, en el pueblo, había una de la misma factura, pero casi el doble de larga y ancha (algo menos profunda, eso sí) que usaba mi tía para lavar la ropa y otras tareas agropecuarias. Cuando se lo dije a mi padre (maemía qué animalada, tallar esto en un bloque de granito) me señaló que el brocal del pozo también estaba hecho de una pieza, vaciada para hacer un cilindro de más de un metro de alto y otro tanto de diámetro; según sus datos ambas las hicieron canteros de Mingorría* hace más de un siglo por el equivalente de 7 jornales; incluyendo el transport, la instalación y la garantía ampliada de 6 siglos. Pa´ flipar.

Una vez suprimida su funcionalidad original, estas obras pasan a ser verdaderas esculturas, pues son bonitas y se convierten en piezas de artesanía que de alguna manera nos recuerdan que el esfuerzo y el trabajo duro al final de la vida terminan siendo poco más que un adorno folklórico.

(*) «Mingorría, capital de Euskal Herría» según se cantaba en las fiestas; pues esta bella localidad fue fundada por presuntos vascos y es tierra de cantos y de canteros.

El juego de los bolos (boliche, en algunos lugares) es un deporte de puntería que consiste en derribar objetos fálicos dispuestos verticalmente al final de un pasillo de parquet, con una bola gorda con tres agujeros agarratorios; para lo que es necesaria una parafernalia indecente que se coloca, junto con un bar, en los lugares denominados «boleras». Si recuerdan la desaconsejación del billar, es un poco lo mismo, pero el ambiente aquí trata de ser lo más años-50-tupés-pin-up-girls-esco posible, como pa que vayan los muchachos después de arreglar el Grease Lightning; aunque frecuentemente se queda en algo más rústico, como la bolera de Los Picapiedra.

El juego de los bolos es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Vale todo lo del billar, como hemos dicho, cambiando la vestimenta y eliminando (algo) la parte del machismo (aquí las chicas ya podían jugar, incluso en los 50); pero a cambio las bolas pesan como un muerto y como tengas mala suerte o te hayan aconsejado mal, te puedes hacer daño en los deditos* y/o en la chepa. Ah, y el whisky o la coñá se cambia por la mucha cerveza.

Aparte, los bolos tienen un ritual un poco molesto y caro. Para empezar, vas a la bolera, alquilas una pista y (dando por hecho que no eres habitual) tienes que alquilar también unos zapatos** de chúpame la punta, que te entregan tras echarles un fliz con ambientador (esto es igual de importante que de inservible). Te diriges al módulo base de la pista, contoneándote como Tony Manero, y allí llegas y te encuentras que los de las pistas de al lado tienen Camisetas de Equipación; están jugando los los Villaverde Timberbowlers contra los Caño Roto Sound Machine, en el campeonato que organiza la bolera. Te miran con desdén.

En las pantallas puedes ver la puntuación de todos los demás. Ellos también ven la tuya, claro. Es evidente que no puedes competir contra los Timberbowlers, que empiezan a encadenar pleno tras pleno, y decides que (mode Braveheart on) puede que te derroten en puntuación, pero no te quitarán la libertad… de beber cerveza, y os pasáis la partida yendo y viniendo a la barra a por tercios o pintas (NADIE juega a los bolos con cañas normales o botellines de quinto; si no lo creéis, comprobadlo). Claro, porque estamos haciendo deporte y eso deshidrata.

Una cosa curiosa del juego es que, en contra de la intuición, no es bueno que la bola vaya recta hacia el bolo del centro; si lanzas así lo más fácil es que dejes bolos de los extremos sin derribar. Es mejor que le impacte frontolateralmente; por eso los jugadores deverdaz lanzan con un extraño efecto giroscópico que se tarda mucho en aprender. Eso ayuda a que te quedes mirando a los otros con cara de WTF?, trates de imitarles, te hagas daño y la bola se te vaya a los carrilillos de desagüe que tiene la pista a los lados.

La bolera no sólo tiene pinta de bolera, asientos semicirculares de bolera, american way of life y toa la pesca; tiene Ruido de Bolera (escandaloso y adictivo). Pasarás un tiempo queriendo ir a la bolera sólo por escuchar el sonido ambiente ¡las bolas reventando los bolos, la maquinaria que recoge y recoloca todo! que de alguna manera te hace sentir bolero y que, por un condicionamiento como el de los perros de Pavlov, inmediatamente te impulsa a beber cerveza. Eso es lo que sacarás de ese mal llamado deporte.

La bolera, por si fuera poco, compite con nuestros deportes autóctonos de puntería (en Ávila, la calva, en otros lugares hay diversas modalidades de bolos tradicionales); no es que sea crítico, pero de alguna manera convierte a éstos en deportes para jubilados y/o nostálgicos del antiguo régimen. Peeeero para jugar a la calva vale un pequeño terreno despejado, mientras que las boleras son muy caras de mantener; en poblaciones pequeñas no hay «masa crítica» de jugadores, y en las grandes, como requieren locales enormes, las especulación urbanística juega en su contra. Por tanto, tras aparecer (en España) con cierta fuerza en los años 60 y 70, el juego languidece merecidamente.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Enzerio, aunque lo hayáis jugao en el Wii Sports, no lancéis a los bolos si alguien no os explica cómo va. Parece fácil pero es igualmente fácil que te escoñes los dedos o sueltes la bola desde una altura improcedente y te mire mal toda la gente del local.

(**) Para lanzar a los botos da igual que lleves chirucas, deportivas o náuticos; sólo están homologados los zapatos de tirar a los bolos, que se caracterizan por ser un híbrido entre el zapato de rejilla y las J’hayber, pero con colorinchis y suela de piel de gamusino.

El bosque de hitos recortados (R-hitos) denominado «R-hitos iguales» se encuentra desparramado por el recinto jardinoso del antiguo Colegio de Huérfanos Ferroviarios, actualmente sede de la Universidad Católica de Ávila y de alguna cosa más; hay hasta un bar. El nombre del monumento homenajea a la tercera novela del Mundodisco, Ritos iguales*. Tiene unas vistas chulas de las murallas de Ávila.

Los R-hitos tienen un problema de hecho y otro de derecho. Por un lado, cada hito tiene una inscripción para cada promoción de alumnos de la susodicha universidad. Sin embargo, los hitos son… demasiado iguales, todos de reciente factura; por lo que el efecto de ese de ancestral tradición** que comenzó en el inicio de los tiempos y los estudiantes perpetúan año tras año queda bastante deslucido; es evidente que alguien tuvo la idea hace poco y se colocaron con efecto retroactivo y a la vez todos los R-hitos de las promociones anteriores. El estado inmaculado de las piedras así lo certifica.

El segundo problema es que el efecto estético que provoca el conjunto hitístico (o hitita) está lejos de tener como banda sonora el Gaudeamus igitur o el tercer minuto de Pompa y circunstancia; más bien evoca un réquiem o alguna música asín maomeno como el tema principal de La lista de Schindler. Vamos, que te da la sensación de que caminas entre cipos o estelas funerarias. Mal rollo.

(*) Ritos iguales es una novela sobre la igualdad de derechos (el título en inglés, Equal rites, suena mu parecidamente a «equal rights»), en concreto, entre hombres y mujeres a la hora de ingresar en la universidad de magia.

(**) La mayoría de las tradiciones ancestrales ni son tan tradicionales ni son tan ancestrales. Entre ellas me es especialmente odiosa la de colocar candados en las barandillas de los puentes como signo de amor parejil, pero hay muchas más. Qué coño, casi todo lo que se justifica diciendo «es que esto es tradición aquí» es una solemne chorrada o está camino de serlo.