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«Nido para pájaro electricista» es una escultura en madera y fierro morroñoso que se ubica en el Jardín de San Vicente, a pocos pasos de la muralla y del murallito, en colaboración con CEO/BirdWife, la oenegé pajarera. La escultura simula ser un nido artificial de esos que se colocan en árboles y otros entornos colgadizos, para el uso y disfrute de los paseriformes y demás amigos alados. El toque artístico lo aporta el cable que asoma por el orificio, simbolizando cómo lo artificial se encuentra con lo natural. El autor ha preferido permanecer en el anonimato.

Es posible que se trate de arte efímero y desaparezca sin dejar rastro (como «Equall-Parallel/Guernica-Bengasi») o sea sustituido en breve (como el plátano pegao a la pared de Maurizio Cattelan). En cualquier caso, el pájaro electricista sería una evolución del pájaro carpintero (Woody* Woodpecker), adaptada a los nuevos tiempos. En Ávila el arte evoluciona que es una barbaridad. Lo mismo van vds a ver la obra y hay una zanja a un lado o a otro, delante y detrás, de mi amo el Marqués de Carabás.

Lo que ya sería la leche es que algún pajarillo decidiera aprovechar el monumento para establecer allí su hogar. Es difícil, teniendo en cuenta lo que ha subido el IBI últimamente en nuestra ciudad, pero no imposible.

(*) No es el Woody hempresario y hescritor que tenemos en Ávila, es otro que no os sonará a los millenials. Aunque se parecen.

La hípica, en sus diferentes modalidades, es un deporte que consiste en putear a un caballo para que haga el deporte por tí: correr, saltar, hacer cabriolas, marcar goles… Como mantener el material deportivo nunca fue barato, la cabalgación siempre ha estado asociada a las élites (Cayetano, de profesión jinete, you know).

La hípica es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Desde el punto de vista humano, los accidentes pueden ser graves; subido a un caballo estás mu arriba; hay muchas maneras de bajarse rápidamente y casi todas son malas. Incluso pasear en una ruta ecuestre es peligroso; los caballos saben si el que va arriba es un inútil y te van a intentar putear a la mínima. Las carreras, los saltos y demás torneos ya tienen un plus de peligrosidad que no es necesario explicar. Salen hasta en Ben Hur.

Pero desde el punto de vista animal es todavía peor; el caballo suele sufrir en el proceso y es castigado para que aprenda y cuando su rendimiento no es el esperado. Es explotación laboral de la peor, y todo por y para nuestra diversión (bueno, la de Cayetano; yo cuando he ido a caballo he pasado bastante miedo*). Y le pagan en alfalfa. Como punto positivo, cuanto más ligero eres también es más fácil para el caballo; así que es de los pocos deportes en el que -si supiera montar- me iría mejor que al típico Chuarcheneguer musculado de más de seis pies de altura (como se decía en las novelas de Marcial Lafuente Estefanía).

Pero como bola extra desaconsejatoria, las apuestas a las carreras de caballos son algo así como el elemento fundador de la ludopatía. Por una cabeza podría ser su himno**. Expresiones como «se paga seis a uno», «doble gemela» o «elcabrónvaytiraenelúltimoobstáculo» son anteriores a «una de catorce» o «cinco y el complementario».

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) He cabalgado pocas veces, pero mi único accidente ecuestre fue… con un pony. Un amigo del pueblo tenía uno, y se presentaron en el cumple de mi hija (6 ó 7 años tendría), para que se diera una vuelta. Ella tenía algo miedo, y para demostrar que no pasaba nada, me subí yo. Galindo, que así se llamaba, rápidamente me hizo saber que (punto 1) en su contrato figuraba claramente que sólo podían subir niños y (punto 2) me iba a enterar de lo que valía un peine. El animal pasó de 0 a 100 en décimas de segundo en dirección al peral y a la pared de la casa. Me tuve que lanzar en marcha -una costalada bastante aceptable- para no dejarme los piños. Galindo frenó inmediatamente en cuanto se vio libre de mi peso, sin arrollar a nadie ni esnafrarse contra nada. De más está decir que fue el momento más celebrado del cumple*** y que mi hija no se quiso montar.

(**) Por una cabeza de un noble potrillo / que justo en la raya afloja al llegar / y que al regresar, parece decir / «no olvides, hermano, vos sabes, no hay que jugar».

(***) Mi suegro, gran aficionado a los westerns, dijo que yo no valía para cuatrero.

Las obras de arte que hoy les traemos ante sus ojos están dispersas por ciudad (de igual manera que las «obras normales», que en el momento de redactar estas líneas tienen cortados tramos de varias calles: Avda Portugal, Eduardo Marquina, Arturo Duperier, Paseo de la Estación, Ferrocarril, Rafaela de Antonio, Nª Sª de Sonsoles, etc, etc, es un no parar). Las que traemos a nuestro callejero bló se supone que tratan de agradar al público; vengan pues.

La cosa es un poco como cuando en mi casa ya éramos mayores, lo del árbol y el belén ya no nos hacía tanta ilusión, y se ponía algún adorno navideño porque se empeñaba mi hermana; colocando de cualquier manera las guirnaldas de espumillón del año maricastaña que nos quedaban en el cajón… Pues el efecto era casi mejor que lo de Ávila estos días, aquí van un par de ellas. Supongo que en El Chico ya estarán poniendo el árbol grande y el árbol chico, y con eso ya estaría.

Imagino que alguien en el Ayto se ha pasado por la web de «DUNYPLDF. S. L.» (Decoraciones Urbanas Navideñas y Para Los Demás Festejos) con un presupuesto limitado y ha ido marcando chismes hasta agotar la partida asignada. «El oso espatarrao no, que ya lo pusimos el año pasado». Al menos tiene pinta de que, repartido entre los habitantes que semos, no implicará una subida adicional del IBI. Espero.

Por otra parte, les diré que prefiero esto a la idea abelcaballeresca de mi señora, esto es, colocar una guirnalda de leds que rodee la muralla siguiendo la forma de las almenas (que así a ojo debe de necesitar como unos 10 kms de longitud). Aunque supongo que tiene que haber un término medio.

Arrejuntamos hoy en un sólo post todos esos -mal llamados- deportes que consisten en echar carreras subidos a algún artilugio motorizado: coches, motos, camiones, retroexcavadoras, etc. Incluye también las carreras con cosas que naveguen o vuelen o yellowsubmarineen, así como cualquier engendro que aparezca en el futuro. Sobre todo, si Elon Musk toma parte activa en ello. Aparte del peligro, lo evidente es que el deporte realmente lo hace el motor, la persona solamente acciona los resortes. Y, opcionalmente, un comentarista calvo se desgañita por la tele.

El motorismo es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Y no me negarán que es de esos que no hace ni puta falta. Echar carreras subido a un ingenio mecánico es una manera de comprar muchos boletos pa matarte; de hecho sucede constantemente. Es un claro ejemplo de estulticia basado en un simple «no hay huevos pa…»; prueba de ello es que la participación femenina siempre fue -sensatamente- minoritaria. Sin embargo, cuando empezó a expandirse ese mantra machista de que las mujeres conducen peor, algunas se sintieron obligadas a desmentirlo participando en carreras*, y ahora ellas también reclaman su derecho igualitario a esnafrarse mortalmente.

Sin embargo, el peor problema derivado de estos antideportes es que se expanden culturalmente a la sociedad. Jóvenes y no tan jóvenes tratan de emular a sus ídolos apurando la velocidad en las carreteras convencionales, por más prohibido que esté**. Y somos mu tontos; que los coches y amotos «normales» salgan de fábrica pudiendo sobrepasar en MUCHO la velocidad máxima autorizada es algo inconcebible, pero que se mantiene por presiones de la industria. Sería difícil vender chismes sport gt turbo de merecientos caballos (sorry, que ahora pofin ya se va indicando en el sistema métrico) si sólo pudieran ir a 120, y con un dispositivo que limite a 50 al entrar en una ciudad, por ejemplo.

Como dato personal, mi única participación pseudocompetitiva ha sido montarme en un kart en una despedida de soltero. Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. Salí el último, pensando en ir a mi bola, pero en cuanto dan la salida y rugen los motores (bueno, ronronean, que eran karts) la adrenalina te domina; notas cómo Gollum le pide acelerar a Smeagol. En la segunda curva ya adelanté a un amigo por el interior, pasando por encima de dos de sus ruedas… Pues no pretendía dejarme sin sitio, ¡HOOBBIT MAAAALO! Afortunadamente, es difícil volcar con un cacharro de esos. Aunque van relativamente despacio, la sensación de velocidad es jrande, porque vas con el culo pegao al suelo; lo malo es que los baches y choqueteos le pasan factura a tus 33 vértebras (como pude certificar). Merecido me lo tuví.

Una de las canciones favoritas de mi madre siempre fue «Amigo conductor«, sobre todo desde que mi padre se esnafró -sobreviviendo al siniestro total- con un Renault Gordini, llamado «el coche de las viudas» porque tenía el motor detrás, y era más fácil tener un accidente cuando ibas solo y con el maletero (delante) vacío; tenía tendencia a que las ruedas delanteras, con poca carga, «flotasen» y perdieras el control en las curvas, QED.

En las motos el peligro es todavía mayor; estás en franca desventaja en la mayoría de los impactos. Que te juegues la vida para repartir pedidos a destajo y currando de falso autónomo es uno de tantos males del libeggalismo; que lo hagas por gusto, yendo a «curvear» por una carretera de montaña, es mu triste.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación

(*) Basta con esgrimir las estadísticas de los seguros de auto, pero la estulticia no es privativa de ningún sexo.

(**) En algunos países, las multas llevan un coeficiente de incremento basado en la declaración de la renta o en algún otro elemento de progresividad; eso aquí por ahora tampoco se plantea.

Pobre López

La placa o lápida que hoy traemos al Á.S.M. se encuentra en la Plaza del Mercado Chico (antiguamente, de la Victoria) bajo los soportales de su lado oriental (maomeno encima del restaurante japonés). Conmemora que Eduardo López Salcedo nació allí y murió dirigiendo a sus tropas en los alrededores de Melilla, en el convulso año de 1909, siendo el primer oficial que fallecía en aquella guerra; otro protomártir abulense. Recordemos que un obispo de Ávila fue el primer condenado a muerte por hereje en todo el cristianismo, y que el primer cristiano ejecutado en Japón por predicar su fe también era de nuestra provincia).

La placa, como todas las de este estilo, hace hincapié en lo de «dar la vida por la patria»; si bien eso de la patria es discutible, sí que parece claro que el teniente López Salcedo fue coherente con sus ideales. Los combates en los que perdió su vida se inciarion por acudir a repeler un ataque de los rifeños a trabajadores que construían un ferrocarril. El teniente dirigía a sus soldados en un ataque a una posición enemiga, sin esconderse en la retaguardia, siendo por ello uno de los primeros en caer ante las balas. El joven oficial se acababa de casar hacía menos de un mes.

Este hecho dio comienzo a la Guerra de Melilla, un conflicto contra los levantiscos rifeños (bereberes que no aceptaban la autoridad de los sultanes marroquíes, como para mostrarse sumisos ante colonizadores europeos), que continuó con el Desastre del Baranco del Lobo y requirió el envío de grandes refuerzos para ser sofocado. Las protestas contra los llamamientos a filas, unidas a la conflictividad laboral, provocaron la Semana Trágica de Barcelona y una grave crisis de gobierno en España.

La causa de esta guerra hay que buscarla en nuestros vecinos ingleses y franceses, que en aquella época pugnaban por repartirse África. Se celebraron varias conferencias y tratados con otros países expansionistas que deseaban sacar tajada del expolio del continente, trazando fronteras de influencia para cada una de las potencias. España ya ni pinchaba ni cortaba, pero cuando Francia reclamó -entre otros- el territorio marroquí, Inglaterra se lo concedió pero impuso una salvedad, temeroso de que su rival controlase el estrecho de Gibraltar por el otro lado: ese cachito debería ser para España. Era un regalo envenenado; el Rif era llamado «el país del desgobierno» por los antepasados de Mojamé 6.

Políticos y militares españoles abrazaron esta posibilidad de reverdecer laureles (tras un siglo XIX en el que nos había ido como el culo), y se lanzaron a la conquista, con escasos medios y organización penosa, para desgracia de Eduardo. El conflicto se enquistó y todavía se puso peor, con la horrible matanza de Annual en 1921. Un error de cálculo de los rifeños, que atacaron posiciones francesas, fue el principio del fin de su rebelión. El apoyo de este país y el envío de más (y mejor equipadas) tropas desde la península permitió sofocar esta revuelta que había empezado con la muerte de nuestro paisano.

Sé que muchos os quejáis de la desafección que hay en este país con nuestras fuerzas armadas, pero la realidad es que desde la francesada nuestro jlorioso ejército lleva dos siglos en los que prácticamente sólo se ha empleado contra nosotros mismos: en muchas guerras civiles (las de independencia o las carlistas lo eran) y apoyando pronunciamientos y golpes de estado cuando al «espadón» de turno no le gustaba el gobierno.

Además, en este blog siempre hemos sido pragmáticos en eso de dar la vida por una causa, sobre todo cuando la causa realmente es de otros. Ya lo dijo Terry Pratchett…

«Tiempos interesantes»

El atletismo es un deporte… No, su nombre es Legión; el atletismo son muchos deportes (correr, saltar, lanzar…) englobados bajo una denominación con el sufijo «ismo», que indica tendencia o sistema. De alguna manera, el atletismo ES el deporte original, donde comenzó el pecado: algo tan simple como ver quién corre más o quién tira una piedra más lejos. Atlos (αθλος) en griego significa «competición» o «premio» (y ya veremos que ahí está el problema). Los griegos basaron sus primitivos juegos olímpicos en la práctica del atletismo, y luego eso ya se fue complicando hasta llegar a los juegos del 2024, que tendrán engendros como el Flag Fútbol.

El atletismo es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. No me malinterpreten; trotar un rato es sano (sobre lo de lanzar cosas o saltar ya voy teniendo mis dudas), el problema del atletismo es que su propia simplicidad técnica hace que para competir tengas que llegar al extremo tu fuerza y -sobre todo- tu resistencia. Ya era malo en tiempos de los griegos, recuerden que Filípides murió al terminar la primera maratón de la historia. ¿Y qué hacemos nosotros? Pues ponernos a repetir esa insensatez, pagando 80 € a cambio de un dorsal y una camiseta. Ahora, que sarna con gusto… sarna es.

Salir a corretear un poco -sin pasarse- está bien, para estar en forma; pero competir es malo. Apuntarte a la media maratón o a la sansilvestre de tu pueblo es mu dañino; sobre todo si eres de los que se lo toma en serio, marcando la salida y la llegada en tu reloj-pulsómetro-rutómetro justo al empezar (para ver si esta vez bajas de 3.21 el kilómetro). A veces no hace ni falta ese chisme; resulta que minoyes de personas decían que las vacunas eran malas porque te insertaban un chip, y esa misma gente se inscribe en las carreras populares donde realmente te colocan un chip para controlarte. Estás condenado a sufrir y todo lo que te pase lo tienes merecido. Luego mirarás la clasificación para ver que estás detrás de un porrón de gente, pero delante del chulillo ese de tu vecino que presume de entrenar con ropa compresiva de marca y haciendo series cortas al tresbolillo. Hasta el Führer os lo puede decir.

Lo de practicar el atletismo en serio ya es horrible. Al igual que pasa con el ciclismo, la alta competición está plagada de entrenamientos obsesivos y de ayudas médicas (guiño, guiño) para llevar más allá del límite el cuerpo humano. Y ni con esas los europeos podremos ganar a unos chavales para los que lo más difícil fue ganar las pruebas de selección de su pueblo, corriendo -por cambiar su vida- en el altiplano cuernoafricano. Una vez que llegan al equipo nacional y les dan zapatillas, ganar la medalla en las olimpiadas es mucho más fácil.

Se podría pensar que las carreras cortas son menos malas, pero qué va. Cualquiera que haya participado en los 400 m os lo puede confirmar: es una puta agonía. Llegan a la meta y se despatarran vivos. Luego ya está lo de ponerse obstáculos; que no era suficiente con lo de ir al borde del infarto; encima te dan la posibilidad de esnafrarte. Los saltadores, qué os voy a contar; los impulsos son tan agresivos para los tendones que cuando no están lesionados están a punto de lesionarse. Y lo de los lanzamientos, una vez que prescindes del tema de la puntería, tres cuartos de lo mismo. Recordad qué berridos pegan cuando arrojan el chisme que sea, tratando de llegar más lejos sin pisar la rayita.

Que luego esa es otra, en otros deportes te sacan por la tele día sí, día también (y no sólo en el fúmbol). Pero imagina que dedicas tu vida a lanzar una bola de esas de varios kilos… Dejarte los cuernos, entrenando mil veces más enzerio que un fumbolista, para que cada cuatro años te dejen tres intentos de tirar la piedra, y pa casa con el recao hasta dentro de otros cuatro años. Os lo tenéis merecido.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

¿Carril teletransporte?

Ávila es una caja de sorpresas, y prueba de ello es el monumento que traemos hoy a nuestro museo callejero. Los amantes de Star Trek están de enhorabuena, pues en la placilla innominada* que hay al lado de la Biblioteca y del Episcopio se encuentra ¡el Teleportador!, el artilugio que permitía trasladarse en un pispás desde la nave Enterprise a los distintos planetas y asteroides en los que se desarrollaba la conocida serie de ciencia ficticia. Además, es un chirimbolo de hormigón estructurado, simple y austero, el harte que nos gusta a los abulenses; ya está bien de tanto fierro morroñoso.

Prueba de la avanzada y minimalista tecnología de la NCC-1701 es que el teletransportador no muestra botones, pantallas o enchufes, ni ningún otro primitivo dipositivo de entrada/salida a los que estamos acostumbrados, ni siquiera una toma de auriculares (ahí iguala al iPhone 7). Probablemente un avanzado sistema tecnológico (que nosotros seríamos incapaces de distinguir de la magia) sea el que transmite las señales necesarias para su funcionamiento y configuración (siempre que el electrodoméstico esté en buen uso y se hayan respetado las indicaciones del fabricante).

El monumento es tan real que yo mismo he probado a ponerme debajo y gritar «Willy, teletranspórtame a la nave Euclid», pero mis deseos de viajar al L2 por la patilla han sido infructuosos. Que luego lo pienso y menos mal, porque en la nave esa no hay sitio pa sentarse, ni bar, ni siquiera tienen aseo. Euclid es como un «hueso de santo» gigante (ahora que estamos en temporada) con placas solares y antenas.

Una posibilidad que explicaría la inoperatividad del artefacto es que las pilas no vengan incluidas. O que falte algún requisito técnico-administrativo; ya nos pasó con las escaleras mecánicas y la piscina cubierta. Yo me inclino por pensar que será inaugurada, cuando convenga, por el Sr. Alcalde. O igual manda a Budiño a que pruebe primero, y termina de alcalde en Simancas.

No obstante, en el suelo de gravilla arremoliná que hay debajo del teletransportador he visto alguna colilla, y eso demuestra que (a) alguien ha fumao y (b) que hay una posibilidad de que su dueño fuese realmente transportado a otro lugar, e incluso a otro universo, dejando allí caída una efímera prueba de su paso. Titotatín tatín…

Enlace al mapa

(*) Siendo como es nuestro Excmo. Ayuntamiento, es muy extraño que esta plaza ferpectamente perimetrada** no haya sido dedicada a algún abulense de pro; más cuando en su lugar se han preferido nominar espacios de complicado deslinde como el Jardín del Padre Liquete o el Paseo Rodríguez Almeida, amén de numerosas rotondas con nombre de tipo «interacción fuerte»; esto es, inauguradas con pompa y circunstancia, su nombre pierde fuerza cuando te alejas del núcleo rotondil y ni siquiera salen en el gúguel maps, como las rotondas de Medinaceli, Las Vacas, Von Hunefeld, Brasero de la Dehesa, Enfermeras y otras tantas.

(**) Bueno, es que hasta igual tiene nombre puesto y me he perdido la inauguración o no he encontrado el cartelillo. Es que si me apuras pueden ponerse varios nombres distintos, además de a la plaza central, a la calle que va hacia la Plaza de la Catedral (entre Correos y Telefónica), al callejón que lo comunica con la Calle Tostado, y a los sucesivos poligonillos que forma tan irregular espacio por detrás de la biblioteca. Claro, que no me extrañaría que algunos lo tengan reservado para sí, como los huecos del panteón de El Escorial.

El tenis de mesa, pinpon, etc (muchas ortografías esiten) es un deporte que consiste en jugar al tenis con raquetas* de juguete y una delicada pelotilla (compuesta de aire al 99%) sobre una mesa como para que cenen 12 o 14 personas. Es un deporte muy extendido en el lejano oriente, países donde una cancha reglamentaria es un despilfarro de espacio y hubo que jibarizar el tenis para poder aumentar el ratio de jugadores/superficie.

El ping-pong es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Más que deporte es un entretenimiento de bar, algo así como el futbolín del tenis. Como juego, sólo requiere un poco más de esfuerzo que la rayuela o el twister; y menos que la comba. Anda ahí-ahí con el hulahop. Aparte, como en este último, los movimientos son repetitivos pero bruscos. Se suele jugar bajo techo, en sótanos, bodegas y antros diversos, ya que como la pelota no pesa una mierda y se desvía a poco airecillo que haya, no es recomendable jugarlo en el exterior. En su favor, diremos que el accidente más frecuente es cuando pisas sin querer la pelota y se espachurra.

Otro problema que afortunadamente ya no existe es que en mi mocedad se solía jugar en salones recreativos donde estaba permitido fumar; al que yo iba estaba en los bajos de una iglesia, junto con futbolines y billares, y la concentración de humo era tal que a veces dificultaba la visión de la pelota. Y si tenías que ir a buscar al gorrilla o encargao (el jefe, en la jerga propia de esos sitios) al bar anexo a los parroquiales salones, ya salías preparado para entrar en la atmósfera de Venus sin traje espacial ni escafandra. Y aquello nos parecía normal, y cuando se prohibió parecía que se iba a acabar el mundo, y al sonar la tercera trompeta los hosteleros serían ahorcados con las tripas de los estanqueros.

Por otra parte, está… el ruido. A ver, EL NOMBRE DEL JUEGO ES UNA PUTA ONOMATOPEYA POR ALGO. Si al pinpón se juega en inframundos es porque estar cerca es fastidioso, con ese tiqui-toc, tiqui-toc, tiqui-toc constante, terminado en el pang-pong-ping…pingping de la pelota cuando cae de la mesa y rebota por el suelo para esconderse, la muy ladina, debajo del mueble más pesado. Ahí si que te puedes lesionar seriamente, al mover el aparador viejo del sótano para sacar la pelotilla que ni con el mango de la escoba.

Por último, el tenis de mesa es el deporte nacional chino. Eso debería bastar como desaconsejación; el pinpón es al deporte lo que la acupuntura es a la medicina; entretiene un rato pero no tiene efectos positivos. De hecho, el tai-chi lo inventaron los chinos que estaban haciendo cola para que les tocase jugar (no hay mesa pa tanto chino) como una manera de desestresarse del ruidillo sin distraer a los jugadores. ¿Y a quién convencieron para jugar? A Forrest Gump.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) También llamadas palas de píngpong, aunque no sé si pasa como en el pádel, que si dices «raqueta de pádel» te miran mal.

No agarres así la sierra o te quedarás como Luke Skywalker, pequeño padawan

«Bricomanía Mal» es un relieve metálico semimorroñoso ubicado en la fachada de la Iglesia de San José Obrero, en la zona sur de nuestra ciudad, cocretamente en la Calle de La Rioja (precisamente, la foto me la manda el Camarada, que es muy aficionado al rioja). Se compone de una figura que porta un serrucho largo (two-man crosscut saw, en inglés), y otra con martillo de acero (stalin molotok, en ruso). Y la clave está en el serrucho…

La figura, como hemos dicho, preside la entrada de esta moderna iglesia, una de las postpostpostmedievales de nuestra ciudad. Y esto tiene que ver con una apropiación cultural, la del 1º de Mayo. Ese día (desde hace más de un siglo) se conmemora el Día Internacional del Trabajo*, prohibido en España ná más aterrizar el caudillo, como Khaleesi, a lomos de su dragon rapide; pero reconvertido nuevamente, en los años 50, en el día del patrón de los obreros («patrón» referido a San José Artesano, no al propietario de los medios de producción) por una iglesia que trataba de acercarse a su proletaria grey**. Esta asunción de un festivo preexistente permitió a los curritos celebrar otra vez el 1º de mayo de modo «legal» (el día del currante estaba acumulado al 18 de julio, día del Jlorioso Calzamiento).

En este periodo, además, las ciudades crecían y se expandían, absorbiendo mano de obra del campo, y se edificaban barrios enteros. Cuando esto tenía cierta planificación, estos barrios solían incluir servicios, como escuelas, parques u -obvio- iglesias. En estos templos se cumple una pauta arquitectónica: a más prespupuesto, más horrorosas. La inspiración de algunos arquitectos dio lugar a verdaderos engendros. Claro, como teníamos un nuevo festivo, era lógico que muchas de estas nuevas iglesias fuesen consagradas a San José Obrero, que además combinaba bastante con los nuevos barrios proletarios de viviendas sociales (las casas baratas***).

La nuestra es bastante modesta, como también lo es la imagen alusiva al santo. Aquí entramos en el terreno de la hipótesis. ¿Alguien ha visto alguna vez agarrar así un serrucho de esos? Evidentemente, NO; te dejarías la mano en el intento. Por ello, mi teoría loca echando patrás el tiempo (como en ese libro de A. Perreteverte, La Tabla de Flanders, en el que se rebobina la partida) es que en algún boceto inicial, además del martillo, asomaba por allí otra herramienta más asible, por ejemplo, una hoz (campesinado y clase obrera unidos, yatúsabeh). Aquello sería convenientemente censurado «¡que pongan otras cosa!» y se pasó a colocar cualquier cosa carpinteril, un serrucho, así de cualquier manera. Taaan de cualquier manera que desde este bló desaconsejamos fervientemente agarrarlo así. En cualquier caso, la obra obrera queda así despojada de toda índole reivindicativa y se convierte en una tierna escena de Bricomanía; de haberse realizado en la actualidad no dudo que hubiera sido algo similar a esto:

Pues se parecía al San José de las imágenes…

Volvamos al presente. Legalizado de nuevo el primero de mayo en la transición como festejo muy y mucho obrero, ahora en este día se desempolvan las pancartas de los sindicatos para hacer una procesión laica cantando rogativas reivindicativas con rima****. Pero aquí en el barrio. ese 1-M. la mocedad se dedica a celebrar la Verbena del Sanjo. Eso sí, pasando tanto de San José como de Karl Marx. Los nuevos ídolos son el botellón y el reguetón. O tempora, o mores.

Enlace al mapa

(*) Conmemora la revuelta de Haymarket, el 1 de mayo de 1886.

(**) No tiene que ver con la «Anatomía de». Grey es una arcaica forma de designar un rebaño o una comunidad de fieles, so millenials.

(***) El franquismo era una dictadura orgullosamente facha pero nada neolibeggal, más bien al contrario: ni el libre mercado ni las privatizaciones formaban parte de su ideología autárquica y paternalista, por más que BOCS se arrime ahora a ese carro. De hecho, muchos servicios y productos tenían precios intervenidos. Pero no inventaron la vivienda social, eso de tratar -con mayor o menor éxito- de construir pisos asequibles y de poner topes a las subidas del precio del alquiler ya estaba legislado antes de Ada Colau y de Franco (la «Ley de Casas Baratas» es de 1911). Pero la especulación urbanística como paradigma constructivo es anterior y posterior y mucho más poderosa.

(****) Por alguna extraña razón, los lemas sindicalistas que se corean en estas manifas deben tener rima, al menos, asonante.

La gimnasia, en sus diferentes modalidades (rítmica, deportiva, etc) consiste en realizar diversos ejercicios de fuerza y habilidad, de manera pretendidamente estética, solo o en compañía de otros, incluyendo -opcionalmente- aparatos de tortura para ayudar a aumentar el sufrimiento o perder el equilibrio. Casi todos lo hemos practicado, por algo «clase de gimnasia» siempre ha sido el sobrenombre de esa asignatura denominada antiguamente «educación física», que supongo que en la programación actual será algo del estilo de «Desarrollo competencial de habilidades psicomotrices no sexistas, individuales o en colectividad armonizada«, en la educación pública; o «El deporte te acerca a Jesús, y el chándal son otros 200 €» en la concertada.

La gimnasia es un deporte que, desde esta bitácora, desaconsejamos. Ya sé que no hace falta. Ahora saldrá el máquina, monstruo, crack, fiera, que diga «pues a mí gimnasia era la asignatura que más me gustaba». Claro, a los del sonderkommando se os daba bien saltar el potro o hacer el pino puente; pero los gordos, los torpes y los escuchimizaos sufríamos malamente y nos metíamos unos piñazos de aúpa; encima -en mi caso- en lúgubres sótanos que llamábamos gimnasios porque tenían espalderas en las paredes, y apiñada al fondo estaba toda la parafernalia de las acrobacias gimnásticas. Pero vayamos por partes, porque una cosa es el deporte competitivo, y otra, su aplicación escolar. Y todo esto tiene un principio…

La gimnasia procede de la antigüedad pretérita, formando parte del entrenamiento de los guerreros. Era una actividad para fortalecer el cuerpo que, si atendemos a la etimología de la palabra, debía hacerse en pelotas. Esto derivó en la construcción de gimnasios, lugares en los que ir a ligar con otras personas sudorosas (¿te gustan las pelis de gladiadores?). También derivó (esto es segunda derivada, que sirve para encontrar máximos y mínimos) en la creación de una asignatura para los escolares, la citada clase de gimnasia. Como es lógico, esto implicaba disponer de ese personaje denominado «profe de gimnasia».

¿De dónde salen estos seres? Pues de los sitios más insospechados. Po ehemplo, en la época franqueña hubo una asignatura denominada «Formación del Espíritu Nacional», esto es, Educación para la Ciudadanía Facha. Llegado el fin del régimen, todos esos profes con plaza se quedaron sin asignatura que impartir, y alguien decidió reconvertirlos en profesores de gimnasia. Sin tener ni puta idea de ejercicios, lesiones o calentamientos. Y aquí se abrieron dos vías:

Vía 1, andén 1) Los que se plantearon la gimnasia como una continuación de FEN, y la clase se convirtió en el entrenamiento de futuros caballeros legionarios, onvres que pudieran dar su vida por Dios y por España, al estilo de los griegos que dieron origen al palabro. La formación era paramilitar y primaba la disciplina.

Vía 2, andén 2) Los que decidieron pasar de todo (en cierta manera, fueron los más sensatos), y dejaban a la chavalería trotar o practicar deportes al azahar (fúmbol, básicamente, los niños, y baloncesto o voley las niñas). En Ávila, algunos hasta tuvieron tiempo de volver a la política local.

A ver, la transición fue un poco así, todo el tiempo y en todas partes.

Aparte, claro, te podía tocar un profe de gimnasia de verdad. Esta INÉFica gente solía tener cierta tirria al Deporte Nacional, por lo que además de otras rarezas, cuando la clase se desarrollaba en el interior del gimnasio (bien por las inclemencias meteorológicas, bien por su programación), te ponían a tratar emular a Joaquín Blume o Nadia Comaneci, provocando el pavor entre el alumnado. Llegabas a clase y el o la profe, en función de cómo hubiera dormido, miraba al fondo del gimnasio y elegía la tortura del día: TRAED PACÁ EL TRAMPOLÍN, EL PLINTO Y CUATRO COLCHONETAS, MWAHAHAHAA. Y todo era llanto y crujir de dientes.

Aparte de la asignatura, están los deportes gimnásticos; la gente que decide sacrificar su juventud para practicar alguna modalidad competitiva de gimnasia. Yo no estoy en este caso (bien se ve), pero por avatares de la vida, una temporada conviví en una residencia con chavales que hacían un cursillo de entrenadores de gimnasia deportiva; entablé cierta amistad con ellos y -aparte de llevarles de copas* por Pucela- pude enterarme de varias de sus vicisitudes. Casi todos eran exatletas que acababan de dejar la competición y trataban de continuar ligados a la gimnasia como entrenadores. La mayoría, con secuelas postcompetitivas: lesiones crónicas, desarreglos hormonales, y ese vacío existencial de que de un día para otro no tienes que machacarte como un monje shaolín, puedes comer lo que quieras ¡¡¡BOMBONES!!! y hasta salir con los amigos a desbarrar… lo que se suele traducir en aumento de peso y muchas ganas de recuperar rápidamente el sexo, la droja y el colacao que te habías perdido hasta ese momento.

Pensad en un deporte en el que -ahora eso estaría prohibido- Nadia Comaneci sacó el primer 10 olímpico de las olimpiadas con 14 años. CATORCE. O sea, que con 12 ya sería de la élite en Rumanía, y para eso imaginad cómo le tuvieron que machacar desde muy niña**. Sí, en todos los deportes los chavales empiezan de críos, hay liga alevín y tó eso, pero no es comparable al nivel de exigencia de los gimnastas. Total, pa salir por la tele un rato cada cuatro años y que te ganen las de siempre.

Entonces, los que lo petaban eran -como Nadia- los gimnastas del telón de acero (sin asterisquillo, los millenials, lo buscáis). Yo siempre había pensado que la puntuación de la gimnasia era subjetiva, como lo de Eurovisión; y resulta que no pero luego que sí. Mexplico: una de las asignaturas que tenían los entrenadorandos era la de ser jueces, aprender a puntuar. Alguna vez tuve ocasión de presenciar cómo era la parte práctica. Les ponían en el salón de TV de la resi un campeonato, mostraban el ejercicio de un gimnasta, paraban el vídeo, y tenían que valorar. Y para mi sorpresa, todos los alumnos daban casi la misma puntuación, con un margen de error mínimo. Y me lo explicaban: «A ver, el salto es un Chimichurri con triple mortal carpado y doble de queso, nota de partida 9.85, se le han saltado dos muelas al caer, que penalizan 0.20 cada una, así que máximo 9.45; ha terminado dolorida pero con una sonrisa… Venga, 9.40«. Algún 9.35.

Y entonces daban palante el vídeo, salían las notas, y tenía un 9.90. Y la ticher explicaba la cosa:

-A ver, lo vuestro está bien, pero ésta era Katerina Esmitokaya, la campeona rusa…

-¡Pero si la búlgara Vayaloba lo ha hecho mejor y le han dado un 9.80!

-Sí, pero estamos en Budapest, el tío abuelo de Esmitokaya (el coronel Boris), es el agregado cultural de la delegación soviética en Hungría… you know.

Aparte de la tortura del potro, las paralelas o las anillas, existe otra variedad de gimnasia, la de los aros, pelotitas y cintas; que es un poco menos exigente en cuanto a fuerza física pero, a cambio, el asunto del malabarismo incrementa la dificultad y -sobre todo en las competiciones por equipos, que hay que coordinarse- termina siendo tan machacante como la otra. Mi sobrina fue de éstas, quedaron campeonas de CyL, y justo antes de ir con su equipo al campeonato de España se lesionó, y lo dejó. Porque luego en estos deportes se te pasa el arroz en seguida y ya tenía la espalda hecha un ocho y no tenía ganas de seguir con el machaque, la pobre.

Por todo esto y más, aquí queda nuestra desaconsejación.

(*) Lo de ir a una disconeta con este grupo, por otra parte, era divertido, porque claro, bailaban de cine, y con un par de copas, se animaban a recordar sus habilidades. Recuerdo una chica que estaba bailando sola y medio zombie e hizo un salto mortal en el sitio, con un sólo paso a modo de carrerilla, de tal manera que pasó rozando la coleta por el suelo; volvió a caer de pie y siguió bailando como si tal cosa.

(**) En la época del telón de acero, lo de las niñas gimnastas tuvo que ser horrible. Aparte de abusos sexuales, les metían todo tipo de doping y hormonas para limitar la menstruación y el crecimiento; y algunas han denunciado embarazos y abortos forzados.

NOTA POST-ASTERISQUILLOS: En general, si en este blog desaconsejamos el deporte competitivo y advertimos de que el deporte profesional es malísmio para la salud, lo del machacar a los críos con el deporte (fuera de lo que es aprender y divertirse) debería ser delito.