Pululando por el juguete ese que parece que ya no se va a comprar Eloncio Almizcle, me he encontrado con esta maravillosa imagen de un cartel a la entrada de la central hidroeléctrica de Ézaro (el autor de la foto es Javier Pozo Castillo).

Cartel a la entrada de una central hidroeléctrica
Aquí hay tomate.

Tiene toda la pinta que en algún momento ha habido en esas instalaciones algún accidente laboral y las partes implicadas se han estado dando de palos para determinar la responsabilidad acerca del mismo. Me encantan este tipo de carteles. Es por eso que me fascina esta joya en el recinto de la Ermita del Cristo del Caloco, en la provincia de Segovia.

Papeleras, urnas y pelota. En ese orden.

¿Qué cojones ha tenido que pasar ahí para que «no enterrar urnas funerarias» aparezca antes que «no jugar a la pelota»? Sólo podemos imaginarlo. Pero, joder, qué historia tiene que ser…

Banda sonora recomendada

Viendo el saldo entre importación y exportación de series de ficción en este país, creo que salimos ganando. Exportamos con éxito gran cantidad de ponzoña nuestras series más representativas —Ana y los 7, Médico de familia, Un paso adelante, Los Serrano, Cuéntame cómo pasó…—, que se adaptan en sitios de esos del extranjero. Que se las lleven lejos y que no vuelvan. Y, a veces, tomamos una idea de fuera y hacemos una cosa bastante decente, como es el caso de «Vota Juan». Cambiar Cuéntame por esta que comentamos hoy me parece un negocio redondo.

He visto en algunas críticas comparar a «Vota Juan» con «Veep» pero, como esta no la he visto, lo que pasó por mi cabeza nada más empezar a verla fue el producto original —del que «Veep» parece ser la versión estadounidense— del mismo creador, Armando Iannucci: «The Thick Of It». El protagonista de «The Thick Of It» es un personaje llamado Malcolm Tucker, interpretado por Peter Capaldi, Director de Comunicación, hombre fuerte del partido —¿Qué partido? Da igual, las tripas de todos se parecen— y mano derecha del Primer Ministro. Por cierto, me parece escandalosamente bajo el número de votos y críticas que tiene esta serie en Filmaffinity. Vayan a Filmin y se la vean, que merece la pena.

Lo mismo te hago de Time Lord que de político hijoputa.

En «Vota Juan» hay un personaje similar a este pero, aunque tiene un peso importante en las tramas, no es el protagonista. El protagonista absoluto es Juan Carrasco —magistralmente interpretado por Javier Cámara—, un político mediocre de Logroño que ha terminado siendo ministro de Agricultura y que nos arrastrará a los más fangosos abismos de vergüenza ajena y vicisitud.

¡Que dejes de hacer las comillas, Juan!

Carrasco aúna todas las facetas asquerosas de los políticos patrios con las de un über-cuñado que ríete tú de Martín Varsavsky. No tiene ni puta idea de nada que no sea reptar y maquinar—y ni eso se le da bien del todo— contra sus propios compañeros de partido. Dice una cosa y acto seguido la contraria porque es un metepatas, o no entiende a su interlocutor o quiere quedar bien con él a toda costa. Los momentos de vergüenza ajena se suceden a un ritmo difícil de asimilar y Juan no deja de caer bajo y seguir cavando a lo largo de la serie. A su lado estará siempre fiel su jefa de comunicación, Macarena, interpretada por María Pujalte. Aunque Macarena debería ser la voz de la cordura que frenara las idioteces de Juan, lo cierto es que siempre acaba dejándose liar por este ya que, como ella dice, «cualquier cosa antes que volver a Logroño».

Macarena no quiere volver a Logroño. Quién querría…

Durante la primera temporada veremos a Juan maniobrar para presentarse a las primarias del Partido —¿Qué partido? Da igual, las tripas de todos se parecen— y acabar cumpliendo su sueño de llegar a la Moncloa. Así asistiremos a la sucesión de búsquedas de apoyos y avales, filtraciones a la prensa, aprovechamiento de cualquier acto para hacer campaña y aireamiento de trapos sucios de tus rivales con tal de llegar a la meta. ¿Y cómo acaba la cosa? Bueno, tendréis que verlo pero Juan es el rey del #SaleMal y del #NoSePodíaSaber.

La segunda temporada, titulada «Vamos Juan», arranca dos años después. Carrasco ha vuelto a Logroño —como podéis adivinar, no llegó a la Moncloa—, da clases —mal— de biología y se muere de asco. Hasta que se decide por volver a Madrid y crear un nuevo partido —¿Qué partido? Da igual, las tripas de todos se parecen— para presentarse a las Generales y huir de que los alumnos —y sus padres— le partan la cara de vez en cuando.

Juan no escarmienta.

El humor se vuelve, si eso es posible, aún más negro a medida que Juan intenta conseguir financiación y fichajes para su nuevo partido. Contará para ello con la ayuda de su fiel Macarena y con la de su hija Eva, interpretada por Esty Quesada. Aunque este personaje ya tenía algunas apariciones en la primera temporada, en esta segunda ganará peso y nos dejará grandes momentos de incomodidad. Eva sí será, a su manera, la voz de la cordura. A su muy peculiar manera.

Mi padre es gilipollas.

La segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera. No quiero contar mucho de la trama para no destriparla, pero ya os adelanto que tiene muchos momentos en que no sabes si reír o llorar de la mucha vergüenza que os hará pasar. Y no cabe esperar que la aventura termine bien, claro.

¿A qué se me parecen esos papeles que destruye Juan?

A falta de ver la tercera, y última, temporada —«Venga Juan»—, no puedo hacer más que recomendarla. A ver si con productos como este se revoluciona un poco la comedia española. Que falta le hace.

Banda sonora recomendada.

Leemos con regocijo que los coches sin etiqueta medioambiental ya no pueden circular por el interior de la M-30. Pero resulta curioso el muy distinto tratamiento que han dado los medios a la noticia ahora y cómo lo hacían hace once años. Vean el titular que recogimos entonces y que recuperamos en Halón Clásico. Qué chorprecha, ¿verdad?

¡Qué chorprecha!
Me voy a hartar de poner esta captura

Banda sonora recomendada

Leía el otro día en el juguete nuevo de Eloncio Almizcle a algún cuñado diciendo que los jóvenes de ahora no pueden comprarse un piso como sus padres porque se gastan el dinero en suscripciones a plataformas de streaming y otras futesas. Y me he preguntado —que uno es mucho de preguntarse cosas, ¿saben?— si ahorrándose la cuota mensual de Netflix podría llegar uno a tener más patrimonio inmobiliario que el pobre Felipe VI.

Para nuestro sencillo experimento he buscado el piso más barato anunciado en Ávila capital que no tuviera pinta de decorado de slasher. Algo en lo que pudiéramos entrar a vivir tal cual está porque, como jóvenes derrochones, tampoco tendremos pasta para mucha reforma. He encontrado un auténtico diamante en bruto en La Cacharra, barrio humilde de «casas baratas» del Franquismo al norte de la ciudad. Hasta el baño está bastante decente para lo que se encuentra uno en este rango de precios.

Cuarto de baño decentillo
Ahí se atrevería a cagar y ducharse hasta este su melindroso servidor. ¡Si tiene ventana y todo!

Un suntuoso palacio de 44 metros cuadrados útiles, en los que el hábil arquitecto fue capaz de encajar salón, cocina, baño y tres dormitorios. Situado en un tercer piso sin ascensor, que luego la comunidad se dispara y, de paso, mantenemos el culo firme subiendo escaleras. Y sin el lastre de un costoso sistema de calefacción, ¿tú has visto el precio del gas, amigo? Y por «sólo» 34.000 boniatos. ¿Es un chollo o no es un chollo?

Para poder plantar un felpudo con frase ocurrente en la puerta de esta mansión —financiación mediante— tendremos que soltar unos 11.350 aurelios para entrada, impuestos y gastos. Por otro lado, la cuota mensual de Netflix más barata es de 7,99 pavos. Haciendo un sencillo cálculo, obtendremos que bastaría con dejarnos de «Vikingos» y «Los Bridgerton» unos 1.423 meses de nada. 118 años y medio. Os quejáis de vicio, chavales…

Banda sonora recomendada

Hace un rato leía en la red social esa que se está comprando Elon Musk un par de tweets que animaban a dar un poco de leña en las reseñas de Google a una empresa por haber hecho una «oferta de empleo» vergonzante. Concretamente estos:

Captura de Tweeter
Captura de Twitter

Y por mucho que me guste dar leña a las empresas que se pasan los derechos laborales por el forro, no sé si se ve que lo que se propone tiene un «pequeño» fallo. Os dejo un momento para pensarlo… ¿Ya? ¿No? Os voy a dar una pista: ayer mismo me ciscaba en todo lo ciscable acerca de un accidente laboral. Y, sin embargo, me abstuve de dar el nombre de la empresa o de nadie relacionado con ella. Por muy cabreado que esté con la empresa, el caso no ha sido juzgado aún.

Pues las mismas precauciones creo que deberíamos tener con estos tweets. No sé quién es el usuario que los escribe y no tengo ninguna prueba de que lo que dice sea cierto. Podría ser el propietario de una empresa rival, ¿no? Conmigo no contéis para rodear el molino en llamas portando bieldos y antorchas…

Banda sonora recomendada

Comienzo el lunes con mal cuerpo, muy mal cuerpo, al enterarme esta mañana del fallecimiento, la semana pasada, de una trabajadora que sufrió un grave accidente laboral el pasado 10 de abril. Y me entero en el sindicato porque ha venido la familia a pedir ayuda para demandar a la empresa, no gracias a los medios de comunicación, para los que otra trabajadora muerta no debe de ser noticia. Una familia destrozada, un marido y una hija discapacitados, sin ingresos y que han perdido a un ser querido por querer poner un plato en la mesa. Una familia que necesita la ayuda de los de su clase para, intentar al menos, obtener algún tipo de resarcimiento, porque ser pobre es jodidamente caro. Y si lo que necesita el pobre es justicia, ya no te cuento…

Ya tenía mala pinta el siniestro en su momento cuando se decía que había tenido que ser trasladada a Valladolid en helicóptero medicalizado, pues se suponía que «sólo» le habían quedado atrapadas las manos en una máquina de planchado. Hoy he podido saber que no fueron sólo las manos y que tenía graves lesiones en el tórax.

Y lo que me termina ya de encender es que el lugar de trabajo de esta mujer era un Centro Especial de Empleo. Que son empresas que, supuestamente, deberían servir para la integración laboral de personas con discapacidad y que acaban derivando, en muchos casos, en auténticos infiernos de explotación, falta de respeto a los derechos laborales básicos y robo descarado de plusvalía a trabajadores que suelen necesitar más protección que la media. Me enciendo porque estoy por encontrar un centro de estos en los que se respete el Estatuto de los Trabajadores. Me enciendo porque, encima, les chulean en las nóminas. Y me enciendo porque les tienen realizando trabajos que no deberían realizar por sus capacidades intelectuales, físicas o sensoriales.

Me han bastado unos segundos de búsqueda para encontrar este testimonio de un trabajador de la empresa de marras. Aquí está, tal cual, salvo los nombres de personas que menciona:

Hice la entrevista y ese mismo día me pidieron los papeles del banco y me dijo el señor que manda llamado XXXXXX que empezaría el siguiente día a las 6 de la mañana como conductor repartidor con un furgón. Mil euros brutos. Me dijo que haría una ruta desde Ávila a Toledo. La cual no hice ya que me hizo ir al centro de Madrid a las 11:00 am con un furgón enorme y de alquiler. Termine mi jornada a las 18:30!!! Todo esto yo con una discapacidad. Pero las 12 horas y media que trabaje no fue todo. Se me cayó encima una jaula llena de toallas limpias, un peso de más de 100 kilos… No sé cuánto puede llegar a pesar pero me golpeó en la cabeza y mientras yo estaba en el suelo y la jaula encima mía apareció un hombre que pasaba por allí y levantó la jaula… Las cosas como son. Era un hombre enorme y corpulento. Otra persona no hubiese podido ayudarme. Yo aturdido me pude levantar con un intenso dolor en la cabeza. Llamé inmediatamente al señor que me contrato (XXXXXX). Le conté lo sucedido y me dijo que si estaba bien que si podía seguir trabajando. Le dije que en principio no me encontraba mal y me dijo que siguiese trabajando. Todo esto me paso en Tirso de Molina en pleno centro de Madrid. A donde nos envío a mí, y al compañero que me tenía que enseñar, con un furgón enorme. La jaula me había caído encima por qué la única manera de bajar las jaulas era con una rampa plegable que había en el furgón. Sujeta unicamente con dos garrafas de plástico vacías. En cuanto a prevención de riesgos laborales esto es impensable. Al intentar bajar la jaula la rampa se deslizó hacia el suelo y la jaula de metal me cayó encima quedando yo atrapado. No recomiendo esta empresa ni a mí peor enemigo. Pese al golpe en la cabeza tuve que conducir de vuelta a Ávila. Y tuve un accidente para más inri. Llamo el compañero al señor XXXXXX y este señor le dijo que el accidente le costaba dinero a él. Encima que yo estaba aturdido por la caída de la jaula me quería hacer sentir culpable por el accidente. Cuando llegamos a Ávila a las 18:30 cogí mi coche y me fui al médico de urgencia para que me dieran un parte por lo sucedido. Ahora me encuentro en mi casa aún con dolor en la cabeza. No se en que terminara todo esto.

Todo esto, mientras estas empresas reciben subvenciones y ayudas —echad un ojo el enlace de antes al SEPE— por «integrar» cuando lo único que suelen buscar es mano de obra más barata que la más barata. Me cago en mi puta vida, amigos.

Banda sonora recomendada

Antigua cabecera de Halón Disparado
Halón Clásico. O viejuno.

Echando un vistazo a antiguas entradas del blog que mereciera la pena recuperar, me he animado a crear una sección para ellas. Irán apareciendo con periodicidad genital* con su fecha original de publicación. La primera de ellas —Desmantelando lo público, de junio de 2012— me ha servido para preguntar a una amiga que trabaja en el ECYL cómo seguía su relación laboral con la administración autonómica. La respuesta os sorprenderá: diez años después sigue trabajando en precario.

¡Qué chorprecha!
¡Ay, pero qué chorprecha!

Llamadme loco, pero sospecho que con el nuevo gobierno autonómico esto no va a ir a mejor…

*Cuando a un servidor le salga de los hue*SE LO LLEVAN*

Banda sonora recomendada

Ch, visiblemente excitada, me muestra un libro que acaba de comprar. Parece el folleto de instrucciones plastificado de un electrodoméstico.

—Me ha costado mil doscientos euros, pero ha merecido la pena.

—¡Mil doscientos!

—Sí, pero mira: incluye el poema que escribió el poeta para convertirse en el poema.

—…

—Voy a leerlo ahora mismo.

—¡Espera! Si lo lees, tú también te convertirás en el poema…

—¡Claro!

—¿Y yo qué hago?

—Observar. Esto no tiene sentido si no lo ve nadie.

Y Ch comienza a leer y yo observo. Observo cómo se transforma mientras lee. Y al leer la última palabra, la conversión ha terminado. Qué aspecto tiene convertida en el poema, os preguntaréis. Para mí se asemeja a la vidriera de una catedral gótica. La luz la atraviesa y la luz me cuenta su historia. Y la luz me pide que yo también la lea. Así lo hago. Y siento cómo me transformo mientras leo…

Banda sonora recomendada
Portada de «Qué difícil es ser dios»
Portada de la edición española de Editorial Gigamesh

Aunque los hermanos Strugatski son más conocidos por su novela «Pícnic extraterrestre» —en la que se basó, bastante libremente, Tarkovsky para filmar su «Stalker»—, siempre me ha parecido mucho más interesante su obra «Qué difícil es ser (un) dios».

La verdad es que mi primer contacto con esta historia fue la adaptación cinematográfica rodada en 1989, que en alemán se tituló «Es ist nicht leicht, ein Gott zu sein» —«No es fácil ser un dios»— y que nos llegó a España con el título «El poder de un dios», una peculiar coproducción entre la RFA, la URSS y Francia y con un polaco —Edward Żentara— como protagonista.

Póster ochentero con título en alemán. No se puede pedir más

Un adolescente Bakunin y sus drugos estaban todavía muy flipados con el visionado de «Los inmortales», que se había estrenado en 1986, y un buen día se toparon en el videoclub con «El poder de un dios». Buah, colega, ciencia-ficción, tíos con espadas y premios a mejor guión y mejor banda sonora en el Festival de Sitges. Esto tiene que ser la polla en vinagre. Y la alquilamos, claro.

Cartel español de «El poder de un dios»
«El film de ciencia-ficción más importante de las últimas décadas.» A ver quién es el guapo que se resiste a semejante reclamo.

La verdad es que nos quedamos un poco noqueados con la experiencia. Aquello estaba mal montado, mal dirigido, mal interpretado y rodado con cuatro perras. Y no se parecía en nada a «Los inmortales». Y, sin embargo, tenía algo… ¡Ya lo creo que lo tenía! Una historia potentísima y un desenlace que te dejaba con el culo torcío.

El protagonista, Anton, es un historiador terrícola infiltrado en un planeta poblado por seres humanos con una sociedad muy parecida a nuestra Edad Media. Haciéndose pasar por un noble extranjero —Don Rumata de Estoria—, se mueve por la corte de Arkanar sin poder intervenir en ningún momento —algo que le resulta cada vez más difícil— y limitándose a observar y documentar la evolución de dicha sociedad. Anton y sus colegas esperan la llegada de algún tipo de Renacimiento y una evolución de aquellas gentes «para mejor». Y lo que se encuentran es el ascenso de un déspota, Reba, que utiliza la religión y la represión más brutal para aplastar cualquier atisbo de cultura, filosofía y ciencia que se produzca. Tras discutir con un filósofo local sobre el papel que debería desempeñar un dios en la vida de los hombres y asqueado por la violencia y la barbarie de aquellas gentes, Anton se decide finalmente a intervenir. Se lía pardísima y se produce un giro final que no comentaré por si queréis ver la película o leer la novela.

Al final se lía parda
Los dioses se manifiestan y se lía parda. Suele pasar cuando se manifiestan los dioses.

Aquella peli regulera me llevó a buscar y disfrutar la novela, que se convirtió en una de mis obras favoritas de ciencia-ficción. Y a descubrir otras obras interesantes de los Strugatski.

Así que cuando me enteré de que en 2013 se había realizado una nueva adaptación, con mucha más pasta y medios, ya podéis imaginar que me ilusioné un montón. La crítica especializada la ponía por las nubes y se habían tirado una década para rodarla y montarla. Esto tenía que ser la polla en vinagre.

Cartel español de «Qué difícil es ser un dios»
Presupuesto, premios, estupenda fotografía, gran historia… ¿Qué podría salir mal?

Tras buscarla sin éxito en las plataformas digitales habituales, no me quedó más remedio que recurrir a la vieja fórmula de la «descarga ilegal». Y me dispuse a disfrutar de tres horas de diversión. La verdad es que me quedé completamente noqueado por la experiencia. Aquello estaba sublimemente rodado, magníficamente montado, correctamente interpretado… y me parecía una reverenda mierda. La fotografía es excelente. Los largos planos secuencia están magníficamente montados. Técnicamente es una jodida obra maestra. Y ya. De la historia original no queda apenas nada. Vemos una sucesión impresionante de personajes sucios, zafios y enloquecidos interactuar sin ton ni son. Mucha mugre, escupitajos y mierda. Muchas miradas enloquecidas. Y ni una sola explicación de qué cojones está pasando.

Fotograma de «Qué difícil es ser un dios»
¿Qué cojones acabo de ver?

Si no conoces la novela, o viste la primera adaptación, no te vas a enterar de nada. Bueno, es que ni con esas te vas a enterar de nada. Vamos, que me la bufa lo que digan los señores críticos. Me quedo con la cutre adaptación de 1989. Y con la novela, sobre todo con la novela.

Banda sonora recomendada

Hace un rato leía en Twitter una conversación de Undívaga sobre teletrabajo, ahorro energético y costes de desplazamiento. Y me he puesto a echar unas cuentas rápidas para aquellos que piensan que moverse en vehículo privado es barato comparado con el transporte público. Ojo, que estos cálculos son con mi coche: pequeño, relativamente barato —comprado de segunda mano— e híbrido. Como híbrido, aparte de la ventaja de poder entrar —de momento— en las zonas de bajas emisiones y pagar menos en zonas de aparcamiento regulado, el seguro es bastante barato. De hecho me cuesta menos que el de mi anterior coche, un utilitario diesel de la mitad de potencia y precio. Y gasta poco combustible.

En los once meses que hace que lo tengo los costes han sido los siguientes:

  • Combustible: 1160,87€
  • Seguro: 175,26€
  • Mantenimiento: 254,62€
    Incluye una revisión periódica, un antiniebla cascado por un chinazo, una ITV y una escobilla de limpia.
  • Compra: 1386,92€
    Aquí se incluyen los gastos iniciales de transferencia e impuesto de transmisiones patrimoniales y la amortización mensual teniendo en cuenta que «debería» durar diez años.

A falta del impuesto municipal, que será poca cosa, el coste total del coche en once meses ha sido 2977,67€. Que traducido a mensual serían 270,70€ al mes. Unos 24 céntimos por kilómetro recorrido.

Para llevar el registro de todos estos datos utilizo una app llamada Fuelio. También la tenéis disponible para iPhone.

Banda sonora recomendada