Ni un Larreta sin su errata

En el 2008, ya con la crisis del ladrillo cogiendo velocidad, había que hacer un homenaje a un escritor exconocido, Enrique Larreta, argentino pero vinculado a nuestra ciudad. Probablemente esto tuvo que ser algo más imponente, de fierro morroñoso y con rotonda alrededor, pero el estallido de la burbuja descartó esos excesos y nos tuvimos que conformar con un soneto del insigne escritor grabado en una sencilla placa de granito. No hubo dinero ni para rectificar la errata del último verso. La placa se ubica, como no podía ser de otra manera, en la calle de la Vida y la Muerte (o de la criz vieja), que ya ha aparecido varias veces en estas páginas y también en este soneto de don Enrique.

¿Por qué este argentino escribió no sólo un soneto, sino su obra más famosa (La gloria de Don Ramiro), ambientada en Ávila? Pues esto tiene que ver con la fluctuante historia de aquel país, que a pesar de tener poco más de dos siglos, ha dado muchas vueltas. Al principio, cuando los españoles de allí guerrearon por su independencia con los españoles de aquí, renegaron de todo lo español de aquí para poder definirse como argentinos aquí y allí. Llegó un periodo de exaltación de los pueblos prehispanos, y hasta llegaron a adoptar modas gabachas por distinguirse de nosotros. Manda huevos.

Pero según avanzaba el siglo XIX sucedieron varias cosas. A diferencia de otros países americanos, que conservan muchos rasgos culturales anteriores a la conquista, en Argentina -como en EEUU*- todo lo nativo fue barrido para ganar terrenos para el ganado. No tenían mucho de lo que sentirse orgullosos. Luego, la llegada de inmigrantes de una Europa empobrecida (especialmente italianos, pero había de todo) comenzó a crear una amalgama cultural que transformó hasta el idioma, que evolucionó -especialmente en los barrios obreros y marginales- hasta conformar cosas como el ininteligible lunfardo, que es la base de lo que hablan ahora; o de esa manera de lanzar improperios, DENME MAYÚSCULAS MÁS GRANDES, que en Argentina ha alcanzado cotas jloriosas.

Pero, como reacción. los argentinos cultos y de clase alta pronto buscaron crear una identidad refugio, algo propio a lo que agarrarse y considerar plenamente argentino. Y aquí se acordaron de que eran españoles de allí. Entonces se lanzaron a una pirueta mental que no deja de tener su gracia: decidieron que ¡ellosh eran muy españolesh y mucho españolesh! Y no sólo eso: eran los españoles que lo habían hecho bien, echando a los borbones y proclamando una república próspera (entonces lo era, algo de razón tenían). Y -junto con otros países de allí- dedicieron que iban a escribir la mejor literatura en castellano; de ese movimiento sale gente como Rubén Darío ¡¡¡que también vivió en un pueblecito de Ávila!!! (Navalsauz).

El momento fue tal que así

En esta búsqueda modernista de raíces donde aparece el señor Larreta. Agarra la pluma, se pone a escribir y decide ambientar su mejor obra en el momento cumbre de la historia argentina: ÁVILA POSTMEDIEVAL. Efectivamente, en el siglo XVI, Ávila no sólo muestra todas las esencias de Esp-p-paña, sino que además es próspera y tiene gente interesante y que escribe defrutamadre. Es lo que pudo ser y no fue; pasado ese momento todo se va al garete en España, y en Ávila todavía más abajo del garete. La gloria de Don Ramiro** es un tostón que pueden leer por la curiosidad de ver cómo un argentino de hace cien años veía a la Ávila de hace quinientos (ojo, que el joío se documenta, y lo del ambiente lo logra). Hubo hasta un intento de hacer una ópera con el argumento, pero no cuajó. No nos quedaba más narices que hacerle un homenaje; pobre hombre.

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(*) En las guerras de independencia norteamericana, muchas tribus indias lucharon con los británicos; no iban desencaminados en pensar que en eso de proclamar libertad y derechos humanos, los nativos no iban en el lote. En Argentina el episiodio es menos conocido (no rodaron películas ignominias como «La conquista del Oeste») pero igual de masacrante.

(**) Don Ramiro es tan abulense que vive y mora en el Torreón de los Guzmanes, sede actual de la Diputación Provincial de la Provincia; conformándose en antepasado literario de Chusma o Topamí.

Huy, pues igual lo has rozao, ahora me bajo a ver

Excepcionalmente, hoy traemos ante vds. una muestra de arte conceptual efímero NPNM (No Postmedieval, No Morroñoso), algo a lo que los abulenses somos muy poco dados. Esta moderna escultura/happening se encuentra en la Calle de La Dama (ojo, porque en Ávila hay otra Calle de Las Damas, no se confundan; ésta es la que está por detrás del Archivo Militar, dentro de la muralla). Se compone de un gran hito de granito sobre cama de adoquines deconstruidos con topping de cono-baliza à la VLC.

Hay que reconocer que Dale, dale, que lo libras* es –per se– sumamente expresiva; si bien la función artística no termina de completarse; ya que no se ha querido despojar los elementos de su contexto; por ejemplo, colocándolo en una sala del antiguo palacio de exposiciones de la caja de ahorros (actualmente, Fundación Loli) o en el Centro de Interpretación del Misticismo (actualmente, ná). Aunque esto nos habría llevado a un situacionismo quizás forzado, quizás, quizás, quizás… No sabemos lo que opinaría Marcel Duchamp de este engendro. Y no hay manera de preguntarle. Ajo y agua.

El autor refleja con soltura naíf el atolondramiento y la precipitación con los que nuestra sociedad se desarrolla; un espaciotiempo dentro del cual unos y otros colisionamos, como hadrones despendolaos en el acelerador de partículas de la vida. Es verlo, y podemos oír el sonido de un impacto no elástico y desgarrador. Hay quien ha querido ver analogías con «El grito», de Munch; hay quien no, claro. Y estos últimos son más, todo hay que decirlo. En cualquier caso, esto es arte, y el que dijere lo contrario, miente.

Finalmente, la pieza ha sido galardonada por la «Fundación Destrozar Barreras» con el premio «Ahí les has dado» a los valores humanos. El jurado de este premio (diez o doce gafapastas culturetas, by the way) quiso resaltar la claridad con la que esta obra nos hace evocar escenas de nuestra vida pretérita al volante: saliendo del parking del after hours o del lovers’ lane con pocas luces y mucho alcohol. El único voto discrepante fue el de Juan Manuel de Parda, que calificó la obra como «una mierda woke-choque».

(*) Se propuso un título alternativo: «Cuidao con la marcha atrás, Nicolás», pero coincide con la última campaña del Ministerio de Sanidad para la prevención de embarazos no deseados.

Escultor, si esculpes con amooor…

La escultura en relieve que traemos hoy al Ávila Street Museum es especial, porque está en la pared del Museo de Ávila. Por lo que el Street Museum muestra al Museum desde la Street. Hay dos relieves iguales; uno está sobre la puerta principal del edificio, y el otro en una entrada de la parte posterior, que es el que mostramos.

El Museo de Ávila* ocupa lo que fue el Palacio de los Deanes, un casoplón postmedieval de los más bonitos de la ciudad, con fermoso claustro y bucólico jardincillo incluidos. El cargo de Deán viene a ser como el vice-obispo; el segundo que más manda en la catedral (que está cerca). Tenía que ser un buen cargo y con pingües beneficios, no hay más que ver la sede. El cargo como tal creo que sigue existiendo, pero el palacio hace mucho tiempo que pasó a usos civiles.

Bueno, vamos con la pieza de hoy. El relieve muestra a dos angelitos (esto lo sé porque tienen alas y Batman no estaba inventao) sujetando lo que supongo es el escudo del Cabildo de Ávila, con los atributos propios de estas cosas. En la diestra tiene un castillete parecido al escudo de Ávila; el cimorro de la catedral, donde nuestra jran e injustamente denostada Doña Urraca** -primera reina europea de pleno derecho- utilizó uno de los primeros puntos de encuentro familiar del que haya noticia: desde allí mostró a su hijo Alfonsito para que el padrastro (y exmarido de facto de la reina, Alfonso de Aragón) pudiera comprobar su estado y seguir pasando la pensión; procelosos e interesantes tiempos en los que Ávila cambió de manos varias veces e incluso llegó a ser durante unos años parte de la separatista corona portuguesa. A lo mejor mi iberismo viene de aquella época…

Seguimos con el escudo en relieve. En diagonal, está cruzado por una cruz larga, que también puede ser bandera y bastón (la iglesa era muy de rogar a Dios y dar bastonazos a los demás); y luego hay varios animales de los que no me atrevo a aventurar género ni especie; pueden ser un león rampante, una estrella de mar mutante (tiene seis puntas, aunque también puede indicar el empleo de alférez o ser un emblema religioso) y abajo lo que podría ser un carnero pero lo mismo es oveja, cabra, muflón o rebeco. ¿Qué nos quiere decir este escudo? Seguramente habría que llamar a algún entendido en heráldica, pero ya os aviso que es gente que se enrolla un montón, hasta nombra a los colores de manera distinta por la cosa de hacerse el importante: gules, sinople, blanco roto, nude, rosa empolvado, etc.

A lo que iba: si pueden, visiten el Museo de Ávila. Es el complemento ideal al Ávila Street Museum, pero reconcentrao en un par de edificios. Además, a veces tienen actividades para niños y mayores (mi hija, de pequeña, fue a hacer una inocente actividad de manualidades y salió de allí con ganas de saquear la Acrópolis).

(*) El museo también ocupa lo que fue una iglesia románica (Santo Tomé el Viejo), en la misma plaza, que había sido garaje y taller de venta y reparación de automóviles; una muestra de cómo la aplicación de la Desamortización de Mendizábal resultó -en algunos casos- bastante desafortunada. Al menos, se mantuvo en pie y ahora el edificio es BIC; pero en el enlace anterior -da cosita- pueden admirar cómo combinan el románico y la junta de la trócola. En este anexo hay un mosaico romano mu bonito y varios verracos vetones de miles de años, que todavía están a la espera de que alguien diga para qué servían.

(**) El nombre científico de la urraca es Pica pica. Quésverdá, coñio.

El cable es un sistema antirrobo postmedieval

En Ávila hemos sido pioneros en muchas cosas. Tenemos la primera catedral gótica de España (al menos, la primera en tener el proyecto visado). Tenemos el primer cristiano ejecutado por herejía (el obispo de Ávila, Prisciliano). Y tenemos la primera capital de España en ser gobernada por un partido con una X en el logo, bastante antes que Tuíter. Y, por supuesto, tenemos el primer códigio QR, que fue escrito por nuestra copatrona Santa Teresa. Se ubica en una pared de la Calle de San Juan de la Cruz (precisamente, su amigo del alma), en su confluencia con la Calle de los Gatos (en el Maps, Calle de Sor María de San José). Agradezco al camarada patrón del bló que me lo señalase, porque no me pilla a la altura de los ojos ni es pokeparada. En este caso, ser progre e ir todo el día ensimismado mirando al cielo tiene sus ventajas.

Como ustedes saben, la Tere era una señora que rompió moldes, y no se conformó con el papel secundario que la sociedad le tenía destinado. Aparte de abrir una nueva franquicia de conventos, púsose a escribir literatura mística como una posesa; tan posesa, que hubo quien se preguntó esa posesión no sería infernal o de algún otro tipo no homologado. Ella lo hacía bien y le salían los poemas con rimas y metáforas y todo eso, pero los inquisidores del XVI miraban todo con lupa; y el misticismo de Teresa o de Juan de la Cruz (nombre artístico de Juan de Yepes) tenía una manera demasiado carnal de hablar del amor divino*.

Con este miedo en el cuerpo, pronto Teresa buscó la manera de codificar los mensajes de manera que no fueran interpretados por los domini canes, y gracias a sus conocimientos de la cábala hebrea (tenía antepasados judíos) fue capaz de desarrollar un sistema cifrado para enviarse mensajes con sus hermanas. Uno de ellos luce aquí ante sus ojos, en un libro abierto con su firma ológrafa, que prueba su autenticidad.

El poema encriptado en este código dice lo siguiente:

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
estos bits, esta movida,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!

Muero yo porque no muero,
es más que amor, frenesí
de hiperenlace casero.
Cuando mi amor yo te di
puse un link en un letrero.

La inquisición es así,
para evitar que me encierre
ese insquisidor de allí
ahora estoy en un QR:
vivo sin vivir en mí
.

Además, como prueba de que entendía del tema, su biógrafa (Sor Restituta del Perpetuo Bucle), hizo constar que cuando a Teresa le preguntaron por la posibilidad de usar catena blocorum como tecnología de libro inmutable, abominó de ella y lanzó anatemas y prevenciones para que las Carmelitas Descalzas nunca cayesen en esa tentación. Amén.

Lamentablemente, todos estos avances tecnológicos se perdieron como lágrimas en la lluvia, a la muerte de nuestra paisana.

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(*) Juzguen ustedes:

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.

Quedeme, y olvideme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

hold the door!

Hoy traemos ante vds. un monumento que habla por sí solo de la cabezonería humana, en concreto, de la variedad episcopalis, que es de las más recalcitrantes. Se trata de la puerta oeste norte de la catedral de Ávila, una cosa gótica mu preciosa que se construyó DOS VECES en tiempos prepostmedievales. Esto es, se terminó hacia el 1300, y durante casi dos siglos fue la puerta principal, en su fachada oeste.

La puerta es chula y de estilo gótico (pero el de verdad, no el de Robert Smith o las hijas de Zapatero), desarrolla el tema del Juicio Final, con escenas bíblicas y esas cosas que se explicaban como si fueran un comic para que el vulgo entendiese las Sagradas Escrituras. Ya sabéis, portaros bien o iréis al infierno y os cobraremos los portes. Para rematar todo lo que se explica en el tímpano y las arquivoltas, en las columnas de la base se encuentran los doce apóstoles, seis a cada lado. Aquí les traigo un detalle del lado derecho:

¿Seré yo, Maestro?

La gente que sabe de esto os podrá identificar a cada apóstol por sus atributos. No penséis mal, me refiero a que la iconografía católica suele mostrar a los santos con algo relativo a su santidad o al martirio sufrido: San Pedro tiene unas llaves, Santa Catalina una rueda, Santa Teresa una pluma y Moisés, cuernos. Tal como te lo digo, oye. Pero si os fijáis en la foto, veréis que el apóstol de la derecha está como metido con calzador en la escena, casi no tiene sitio y le falta la columnilla debajo, como los demás. Primera posibilidad: éste es Judas, que ya sabéis que se sacó 30 monedas por delatar a Jesús, algo que chirría un poco porque se supone que a esas alturas de la película, en Jerusalén, hasta el cuñao de Poncio Pilatos tendría que saber que Jesús era el que era. Pero no… porque el del otro lado está igual.

Apostol marginado nº 2

La cosa tiene una explicación, y os la voy a dar. Resulta a que uno de los primeros obispos postmedievales de Ávila (o uno de los últimos medievales, según el año que tomemos para dividir la fase) se le ocurrió trasladar la puerta oeste al lado norte, porque así miraría hacia su casa, y le apetecía, al levantarse cada mañana, ver ese pórtico tan lograo. El arquitecto que se encargaba de las obras, Don Juan Guas, ya le hizo saber que, aparte del coste desmesurado, la puerta NO CABÍA en el hueco del lado norte. Pero la respuesta del obispo fue categórica: «ya te diré yo si hay fondos». Y añadió, poniéndose la mitra vuelta patrás: «ni tú eres de Bellas Artes, ni yo soy Adolfo González, así que ya me estás empezando la obra».

Dicho y hecho. Bueno, así de repente, no; tardaron unos años en montar y desmontar todo aquello. Consecuencia: la catedral se quedó a medias. Todavía hoy tenemos una torre mocha con remate de uralita, encima de la casa del ¡aaaaaaay! campanero.

Ventana con dedicatoria

Una de las ventanas con más historia de Ávila, y puede que de Óbila, es la ventana que les traemos hoy al Á.S.M. Se encuentra en el mismo edificio del monumento anterior, el Palacio de los Dávila (aunque en Ávila hay mucha gente dávila), si bien corresponde a una época un poco posterior; siendo postmedieval en cualquier caso. Lo interesante de la puerta es la inscripción que figura debajo.

Donde una puerta se cierra, otra se abre

La misteriosa inscripción dice lo siguiente «Donde una puerta se cierra, otra se abre«, y hay varias explicaciones para la misma. La historia se enmarca dentro de las leyendas más jermosas de Ávila, como la del Santo Encuentro del Sepulcro de San Segundo o la Anunciación de la Subsede del Museo del Prado. Retrocedamos en el tiempo… Más… Un poco más…

Según algunos autores, hace referencia a un letrado abulense del Siglo de Oro, que tras unos comienzos titubeantes en el ejercicio del derecho, y en un ejemplo de superación increíble, alcanzó las más altas cotas de poder en la justicia del reino. Muy felices se las prometía nuestro caballero, cuando un ignominioso ataque sarraceno alcanzó el corazón de Castilla. Surgió la necesidad de buscar una solución a la crisis, que comprometía la posición del valido real, el Conde-Duque de las Azores; y se les ocurrió que nuestro justiciero era el indicado para dar la vuelta a la tortilla de Roncesvalles. Esto es, si en aquella ocasión los trovadores cantaron la muerte de Roland a manos de la morisma, cuando en realidad habían sido cuatro vascones cabreaos por el saqueo de Pamplona, aquí sería el cuento del revés. Desde la torre del homenaje, nuestro particular Turoldo echó la culpa a los vascones de la tropelía de los muslimes. Pero claro, el ardid no salió bien, y todos cayeron en desgracia, quedando nuestro caballero a veces a pan y agua (y ansí fue llamado). Sin embargo, cuando todo parecía perdido y se les cerraban todas las puertas, como al Cid al principio del Cantar, se produjo aquello que está escrito bajo la ventana, y nuevas puertas se le abrieron al caballero, en concreto, se le permitió ingresar en la Selecta Orden de los Caballeros de la Mesa Redonda Ibérica de las Chispas Ambarinas; sin duda, en agradecimiento por haber aparecido en aquel balcón explicando algo que ni él mismo se creía.

Pero según otros, la historia tiene distintos protagonistas. En este caso, en pleno postmedievo, las milicias de Ávila (que se ganaron su buen nombre en la Batalla de las Navas de Tolosa), estaban discutiendo quién sería su adalid. Felices se las prometía el Barón de Machús, seguro de ser el elegido, cuando sonaron clarines y trompetas, y el heraldo anunció que la elegida sería Teresa la Marquesa Tipití-Tipití-Tipitesa. Amarillo de ira (sí, amarillo), al ver que las puertas se le cerraban, el Barón mandó encargar un nuevo pendón que les identificase en la batalla, y retó en singular duelo a los partidarios de la Marquesa, saliendo vencedor de todas las justas y rompiendo varias lanzas a sus enemigos. Raudo y veloz, acudió a grabar la frase debajo de la ventana, para escarnio de sus rivales, a los que desde entonces llamaba «los de la Triste Herencia Recibida«, y todos le cantaron «Machús, Machús, Machús».

Y aún hay otras leyendas que explicarían esta inscripción, como la de un pobre maestro de escuela que no sabía de economía pero terminó siendo jefe del gremio de prestamistas y usureros, pero las dejaremos para otro día, ya que nuestros investigadores no se ponen de acuerdo.

Turú turúDame más gasolina

La placa-relieve denominado «Hazaña del Reguetón Turutero» preside la entrada al Palacio de los Dávila, en la Plaza de Pedro Dávila (que los locales llamamos Plaza de la Fruta). Colocado sobre una puerta de enormes dovelas, y bajo una barbacana defensiva, representa al caballero Bartolo Dávila, el primero de su nombre, virtualizado en un avatar de escudo con yelmo (anticipo de «Los SIMS»), y rodeado de guerreros y trompeteros enemigos. Es una hermosa pieza de arte postmedieval que pasa algo desapercibida en esta majestuosa fachada (que tiene más historias). La de este relieve es de las más bonitas.

Bartolo Dávila fue un aventurero que marchó a las Indias en busca de fortuna con algunos hermanos de Santa Teresa. Él todavía no era noble (entonces era llamado «Bartolo el de Ávila», sin más rimbombancias). Durante las guerras de conquista del Imperio Inca, Bartolo fue enviado a capturar al hijo de Atahualpa, lo que consiguió con arrojo y valentía. Al volver al campamento con el prisionero, cuando todos lo daban por muerto, pronunció su famosa frase «Aquí os lo traigo, Atahualpito», provocando el regocijo entre sus compañeros.

Al haber sido capturados sus reyes, en el Imperio Inca asumieron el poder los Administradores de Incas Colegiados, que reunidos en junta urgente decidieron -en primera convocatoria- contraatacar a las huestes castellanas. Varios guerrereros rodearon el campamento y comenzaron a hacer sonar sus trompetas, como ya hicieran los israelitas contra Jericó; pero éstos además, contaban con un arma secreta: individuos con extrañas pintas, tatuajes, gorras puestas patrás, cadenas de oro, e -importante- puestos de ayahuasca hasta las cejas, que comenzaron a cantar desafiantes sus invocaciones: «siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero…«. Esa misma noche, los castellanos abandonaron el campamento por la puerta trasera, hartos de semejante murga (enrólate, te dicen; verás mundo, te dicen…); pero Bartolo (en parte, porque había quedado algo sordo durante su empleo de artillero de la nao «Iberpistas») pudo resistir tres días sin rendirse, hasta que los cantores quedaron afónicos.

Este hecho sin precedentes le valió ser nombrado caballero, tomando como apellido topónimo ese Dávila, que arrejuntao y esdrújulo da más empaque. El escudo de los Dávila, aquí mostrado, muestra tres pares de roeles con el lema «Ter ad spherae» (Tres veces hasta las pelotas), que hace referencia a su aguante los tres días del episodio del reguetón. De vuelta a su Ávila natal, mandó construir un palacio con los más altos muros, que le aislaran de los ruidos, y sobre la puerta dejó constancia de su singular hazaña. Loor y Jloria a don Bartolo.

Como en Jólibud

El Soto es un bosque de ribera que riberea al río Adaja en su aproximación a la ciudad. Se ubica ma o meno en paralelo a la carretera AV-900 (Ávila-Burgohondo), desde el cartelillo de la foto; y después, un poco menos paralelo a la AV-P-401 (Ávila-El Fresno). Precisamente, el fresno es el árbol predominante en este bosquecillo. El bosque/parque tiene una longitud de casi 3 kms, pero una anchura que en algunos puntos es de poco más de un decámetro*.

Sin embargo, el monumento propiamente dicho que hoy celebramos es un conjunto de letras de ¡¡¡¡oh, yeah!!! FIERRO MORROÑOSO sobre peana de bloque de hormigón (pa qué tanto) rodeado de piedrecillas y esas otras cosas que echan en los alcorques, en plan jardín zen; que luce presuntuoso y adusto en la entrada principal de este espacio silvícola, en un claro ejemplo de schadenfreude. O de schwarzwälderkirschtorte, que todo puede ser.

Este cartelón es una verdadera metáfora de las intervenciones que año tras año, y desde que tengo edad de tener uso de razón (algo que no es inherente) se realizan en este espacio de esparcimiento. Materiales artificiales y poco adecuados, quiero-y-no-puedo, buenas intenciones y resultados pobres; es como los programas de «Murcia, qué hermosa eres»**, una serie de actuaciones superpuestas sin hilo conductor.

En el tema de lo que sería la conservación de la flora y la fauna, que la tiene, no soy experto y no sé cómo se podría mejorar, pero seguro que algo más se puede hacer, va habiendo fresnos muy viejos y hay zonas bastante degradadas. Y además, que esto se puede aprovechar de más maneras; por ejemplo, hay gente que entiende de pajaritos y te puede hacer un cartel de los que puedes ver y escuchar por allí; que la gracia de estos bosques mediterráneos es que hay muchas especies distintas.

Afortunadamente, lo que viene siendo la naturaleza se mantiene prácticamente sola. Poco más podemos añadir desde este bló. Que el bosque sea más grande, más accesible, más boscoso y más limpio. Y que los paseantes lo usemos civilizadamente (algo que se cumple en el 99% de los casos).

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(*) Es que el decámetro se usa poco, y me hacía ilusión. Hay un lugar en el que pasas entre una alambrada de espino y la procelososa e impenetrable vegetación que bordea al río, y realmente el sitio para pasar es como de un metro. El decámetro lo alcanza contando el río y los arbolillos al otro lado.

(**) Si no sabes cómo eran, joio millenial, suerte que tienes; luego os quejáis de ser una generación maltratada.

San Martín partiendo la pana

La escultura en relieve de San Martín, de época postmedieval, se encuentra presidiendo la entrada de la conocida como Casa del Caballo, antiguo Hospital de San Martín y Casa de Misericordia (aunque, hoy, la Casa de Misericordia de Ávila es otra); edificio adosado a la muralla en la Calle de San Segundo, muy cerca de la Puerta de la Catedral o del Peso de la Harina o de No sé qué cosas más. Es un poco complicada de ver, porque hay una acera amplia, está monopolizada por las terrazas de los bares que ahora ocupan el hospitalario edificio, y las jaimas que les protegen de las inclemencias.

San Martín (el del caballo) era un tal Martin (pronunciado «magtán») de Tours, y aunque parece que le va a cortar la cabeza al señor agachao, no; está partiendo su capa con él. Martin era un legionario romano/gabacho tan majo, que cuando vio al pobre que tenía frío, le dio la mitad de su capa. La otra mitad no, porque consideraba que debía al César lo que era del César. Gracias a cosas como éstas fue elevado a la santidad, para que se pudiera decir aquello de «A todo cerdo le llega su San Martín»; e incluso la palabra «capilla» podría tener que ver con la susodicha capa compartida.

San Martín fue enemigo dialéctico de un obispo de Ávila, Prisciliano, que finalmente fue ejecutado por hereje (ya sabéis que la rivalidad religiosa es todavía peor que la del fúmbol). A pesar de ello, como explica la inscripción que hay debajo, se le dedicó un edificio casi al lado de la sede de Tertuliano (la catedral de Ávila), si bien es cierto que habían pasado más de mil años y que nos habíamos inventado a San Segundo. Un tal Rodrigo Manso fue el promotor de esta vivienda de protección oficial (de los pobres).

Rodrigo Manso ahora tendría dos bares

Con el tiempo, a los abulenses se nos olvidaron las cosas, la identificación de los personajes; el edificio dejó de ser un hospicio, y la casa pasó a ser conocida como la Casa del Caballo. Cierto es que, mientras San Martín se da la vuelta para partir la capa con un mendigo algo deforme; el caballo parece continuar su camino, no siendo que San Martín se pusiera a partir por la mitad el resto de sus posesiones, e incluso terminase como el vizconde demediado aquel, de Ítalo Calvino.

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Un puente muy cercano

Nuestro Puente BIC durante muchos años era el único que permitía cruzar sobre el río Adaja en bastantes leguas a la redonda; algo que nunca supuso mayor problema, porque el Adaja casi no lleva agua durante medio año, y durante el otro medio, sólo cuando llueve. Se ubica frente a la puerta occidental de la muralla (la Puerta del Puente), al lado de otro puente más moderno. El apelativo de Puente BIC no corresponde al boli de rebobinar las cintas del walkman, sino a que ha sido declarado BIC (Bien de Interés Cultural), tras un proceso relámpago, que comenzó siglos atrás. Esta resolución de la Junta de Castilla y León lo ha declarado monumento, y como artefacto callejero que es, pasa a engrosar las filas del Á.S.M con todos los honores.

Hay quien lo llama «el puente romano», y a lo mejor tiene algo de verdad*; es posible que ya se solicitase la declaración de Bicus Magníficus a Trajano. El caso es que la base del puente parece obra de la ingeniería romana premedieval; pero luego habría sido destruido durante la época de invasión musulmana (a lo mejor fue una riada o la falta de mantenimiento) y reconstruido tras la reconquista cristiana; por eso tiene piedras de distintos colorinchis y texturas.

El puente ya sólo se usa peatonalmente desde que se construyó, casi adosado al mismo, ese puente nuevo que citábamos (pero que también se ha quedado estrecho); al lado del cual nuestro Puente BIC queda así como con complejo de inferioridad. Por cierto, el puente nuevo tiene un defecto curioso: con las tormentas se inunda, pero no bajo sus arcos, por la crecida del río, sino POR EL LADO DE ARRIBA**; es único en su género. A los romanos no les pasaba, desde luego.

Al lado del puente hay otro engendro que ayuda poco a realzar la monumentalidad del puente, sobre el que ya hemos hablado alguna vez en esta bitácora; los restos de la antigua fábrica de algodón harinas de Ávila***, demolidos y convertidos en un extraño laberinto de rampas y escaleras sólo apto para hacer parkour y botellones (se ven las barandillas de la parte inferior del laberinto en la foto). Por último, diremos que el entorno del río en esa zona también da un poco de pena; se han realizado diversas intervenciones pero aquello no termina de parecer ni una ribera ni un ribero.

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(*) En España, a cualquier cosa vieja se le llama «puente romano», «calzada romana» o «merluza a la romana», sin mucho fundamento. Por eso lo explico, que aquí parece que es verdad la romanez inicial del puente.

(**) Pueden verlo aquí, a partir del seg 27, o en este otro vídeo tuiteresco.

(***) La fábrica se quemó el mismo día en el que se solicitó la inclusión del edificio -también- como BIC. ¿Casualidad, serendipia?